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Fonseca | La Guajira

Plan Regional Norte del Cesar – Sur de La Guajira

abril 21, 2026

El silencio que provocó la desaparición en el pueblo Wayuú de La Guajira y que hoy busca romper

En el resguardo indígena de Mayabangloma, ubicado en el municipio guajiro de Fonseca, cuando los últimos rayo de luna se pierden en el inmenso arenal al comenzar cada mañana, sus habitantes escuchan las voces de los que les hacen falta entre murmullos del viento. Aquellos que el conflicto armado les arrebató sin tiempo de decir adiós. 
Con apoyo de la Unidad de Búsqueda, este pueblo Indígena busca sanar su territorio y encontrar a quienes les faltan.
Imagen: Comunicaciones UBPD

En el resguardo indígena de Mayabangloma, ubicado en el municipio guajiro de Fonseca, cuando los últimos rayo de luna se pierden en el inmenso arenal al comenzar cada mañana, sus habitantes escuchan las voces de los que les hacen falta entre murmullos del viento. Aquellos que el conflicto armado les arrebató sin tiempo de decir adiós. 

Hubo un tiempo —dice con voz semipausada Carlos Ramírez Uriana—que en este territorio se respiraba armonía, todo era muy tranquilo, se vivía en paz. Las familias se reconocían obedientes a la palabra de los mayores, atendían al consejo que viajaba libre como el viento de una comunidad a otra, sin presión y sin ser autoritario. Defendía su cultura y su idioma sin restricciones, como el canto de los pájaros. 

Mayabangloma es un resguardo que no se percibía solo como un lugar: era un modelo de vida, una herencia tejida por generaciones que entendieron la tierra como sagrada, como origen y destino. Cuatro comunidades —Mayalita, Bangañita, La Gloria y La Loma— decidieron, hace 40 años, nombrarse como una sola familia. Y en ese gesto se afirmaron como historia compartida, como raíz de un mismo tronco que no se quiebra.

El conflicto armado también aprendió a pronunciar ese nombre y a saborear lo dulce que es vivir ahí. Llegó sin permiso, sin entender —o sin querer entender— que allí cada espacio tiene un sentido y un fin. Hay lugares donde solo habitan los vivos. Otro, donde reposan las almas de los mayores, quienes siguen orientando a sus generaciones desde otro plano o espacio sideral. Espacio para la reproducción de la naturaleza, otros para la multiplicación de los animales y así, cada área de tierra cumple una misión. El conflicto armado no escuchó, no preguntó y no respetó. Irrumpió.

Ocupó las casas que encontró vacías porque sus dueños habían salido. Cortó árboles donde estaba prohibido hacerlo. Profanó cementerios, enterrando cuerpos sin ceremonia, ni ritual sagrado. Secó manantiales que eran fuente de vida. Impuso su ley donde antes solo se escuchaban las voces de las autoridades tradicionales. Y en medio de esas violaciones de derechos, dejó ausencias. Porque en el pueblo Wayuú no desaparece una persona: se rompe un tejido.

Hay familias a las que les faltan hijos, padres, abuelos; personas que les faltan a la comunidad entera. Nombres que se mencionan y nadie responde, ecos de voces que se quedaron suspendidas en el tiempo. Y con ellos, una parte del territorio también se desvaneció. Carlos recuerda —y en sus ojos se asoma un dejo de nostalgia— cuando ya no se pudo hablar la lengua propia frente a otros. Cuando el programa ‘Amanecer del pueblo Wayuú’ que hacía ‘el Mamo’ en la emisora todas las mañanas fue silenciado para dar paso a otras músicas extrañas. Cuando la juventud fue arrancada, seducida con engaños para convertir seres humanos en recuerdos. «Así se perdió la autonomía territorial y espiritual», afirma Carlos.

En el resguardo indígena de Mayabangloma, ubicado en el municipio guajiro de Fonseca, cuando los últimos rayo de luna se pierden en el inmenso arenal al comenzar cada mañana, sus habitantes escuchan las voces de los que les hacen falta entre murmullos del viento. Aquellos que el conflicto armado les arrebató sin tiempo de decir adiós. 
Foto: Comunicaciones UBPD

En su cuerpo, Carlos tiene tatuadas las marcas que le han dejado sus decisiones, no las exhibe con orgullo porque no son gratas: tres disparos, amenazas, desplazamientos, atentado a su equipo de seguridad y quizás la que más le pesa, la muerte de su mamá debido a los hostigamientos. Su historia es la de alguien que ha aprendido a convivir con el riesgo, pero también con la certeza de que el silencio o quedarse quieto no es una opción. «Yo ni sé por qué estoy vivo», comenta no como resignación, sino como una pregunta abierta al destino.

Aun así, cada mañana se levanta con fuerzas, porque hay cuatro personas de su comunidad que aún no regresan, que no saben dónde están, qué les pasó o si siguen con vida. El Plan Regional de Búsqueda Sur de la Guajira – Norte del Cesar, de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), tiene documentados los casos para buscar a los desaparecidos de Mayabangloma. Además de la misionalidad como institución, es un acto de reparación a una comunidad que no está completa. Son personas que les faltan a su comunidad y al país y cada día, sus hermanos y hermanas, se levantan esperando respuesta. 

Los funcionarios de Unidad de Búsqueda atienden a esta comunidad desde una visión de enfoque diferencial, pues son conscientes de las afectaciones del conflicto armado a los seres humanos y a su cosmovisión. Desde ese enfoque profundamente humanitario, buscan encontrar y recuperar a los desaparecidos para aliviar el dolor que padece el pueblo Wayuú y sanar el territorio. 

En el resguardo indígena de Mayabangloma, ubicado en el municipio guajiro de Fonseca, cuando los últimos rayo de luna se pierden en el inmenso arenal al comenzar cada mañana, sus habitantes escuchan las voces de los que les hacen falta entre murmullos del viento. Aquellos que el conflicto armado les arrebató sin tiempo de decir adiós. 
Foto: Comunicaciones UBPD

Carlos se ha convertido en esa brújula que guía el trabajo humanitario y extrajudicial de la UBPD en su territorio. Juntos avanzan en la identificación de lugares donde la tierra guarda esas historias truncadas que esconden respuestas. Sitios de interés forense que no son solo puntos en un mapa, sino un espacio que guarda esperanzas de alguien que sigue reexistiendo. 

Escuchar a Carlos y a las familias, respetar sus tiempos y su cultura y reconocer sus creencias y espiritualidad es entender que cada hallazgo dará la certeza de cerrar ciclos, dignificar la memoria y liberar el territorio que aún gime con sonidos de auxilio. Carlos lo sabe y por eso habla de sanación. No de una sanación cualquiera, sino una que reconozca la espiritualidad del pueblo Wayuú, que escuche a los mayores, que restaure no solo la tierra, sino los vínculos, los sueños y la dignidad. Y en esa palabra —sanación— cabe todo: memoria, justicia, búsqueda, futuro, verdad, espiritualidad y respeto por los que no están.

Carlos se estira, acostado en su chinchorro, inhala y expresa: «Porque, a pesar de tanta oscuridad, en Mayabangloma no ha dejado de amanecer». Ese amanecer es la esperanza que mantienen viva de que vuelvan los que el conflicto armado se llevó. En la persistencia de la comunidad, en el trabajo silencioso de quienes buscan sin descanso, se abre paso una certeza: que algún día, ese silencio que hoy duele será bastón para el descanso. Que la tierra, paciente, devolverá lo que guarda y que entonces, cuando eso ocurra, el territorio volverá a pronunciar la vida completa, como siempre debió ser.

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