En las profundidades rurales del municipio de Pivijay, en el Magdalena, el barro no solo se adhiere a las botas de quienes buscan, se siente como un peso en el alma que recuerda el tiempo transcurrido desde aquel julio de 2001. Allí, donde la geografía ha mutado de una selva de árboles majestuosos a un bosque denso y suelos pedregosos que guardan silencios de más de dos décadas, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) regresó para intentar devolverle la paz a cuatro familias.
Esta no fue una jornada forense convencional. En el camino hacia el punto donde la tierra parece atesorar recuerdos, la emoción era el motor de cada paso. Dos de las familias de las personas desaparecidas no se limitaron a observar, se convirtieron en el corazón mismo del proceso.
Con el deseo ferviente de encontrar a sus seres queridos, que fueron reclutados en el marco del conflicto armado o llevados por la fuerza por grupos armados, los familiares tomaron las herramientas y ayudaron a cavar. Sus manos, movidas por un amor que no conoce el cansancio, se unieron a las del equipo forense en un solo esfuerzo.
Mientras avanzaban por el terreno difícil, una de las buscadoras pronunció palabras que resonaron con la fuerza de una verdad absoluta: «Aunque sé que hoy no los vamos a encontrar, sé que aquí están». Era la certeza de quien comprende que el territorio es un archivo vivo donde la memoria se resiste al olvido, a pesar de los años y de las transformaciones del paisaje.
El rigor acompañó cada día de trabajo. Se hicieron pozos de exploración, se abrieron trincheras, cada intervención en la tierra se hizo con respeto, entendiendo que cualquier hallazgo podría ser clave. Eran evidentes los cambios que el sitio ha tenido a través del tiempo y el desafío que estos representan para la búsqueda: las referencias naturales que los aportantes de información conservaban en su memoria se han transformado. Las raíces de los árboles y el paso de un arroyo cercano han generado sustanciales transformaciones del paisaje.

Al final no se logró la recuperación de cuerpos, dadas las condiciones del terreno, un suelo arcilloso que sufre cambios drásticos con el paso del tiempo y las lluvias, que dificultan enormemente las labores de localización. Sin embargo, la crónica de este día no es de derrota, sino de persistencia. El esfuerzo del equipo forense es grande, pero la fuerza que los impulsa es el amor y el ansia de dar respuestas. Buscar también implica reconocer dónde no están. Cada sitio descartado ayuda a precisar las hipótesis, a trazar nuevas líneas y a evitar repetir pasos. El esfuerzo se transforma en conocimiento que fortalece lo que viene.
Al caer la tarde, el equipo realizó un acto simbólico, encendieron 10 velas junto a las fotografías de sus seres queridos, una luz por cada plegaria y por cada paso dado en ese camino rocoso. Al terminar la jornada, tras un receso, el equipo forense regresó al sitio y se encontró con algo estremecedor, a pesar de las brisas constantes y de estar en un espacio abierto: cuatro de las velas permanecían encendidas. Eran cuatro luces vibrantes, desafiando la lógica de la naturaleza, como si las cuatro personas que el equipo tiene como objetivo priorizar en este sector estuvieran reafirmando su presencia, enviando un mensaje silencioso de que siguen allí, esperando ser encontradas.

«Esta jornada en Pivijay nos recordó que nuestra labor trasciende lo técnico. Es un acto de profunda humanidad. Ver a las familias no solo acompañándonos, sino tomando las herramientas para ayudar a cavar junto a nosotros, nos mostró una fuerza y un amor que no conocen el cansancio. Nos fuimos del terreno con el corazón lleno y la promesa renovada de que, sin importar los cambios o los desafíos del suelo, nuestra voluntad de encontrarles permanecerá siempre encendida, igual que esas velas», así lo manifestó la investigadora Alix Torres Penagos, de la UBPD.
Desde el Atlántico, el equipo de la Unidad de Búsqueda comprende la complejidad de este proceso, pero también apuesta por hacerlo de manera conjunta. La invitación es a que la comunidad se acerque y aporte desde su memoria. Cada detalle, por pequeño que parezca, puede abrir caminos y acercarnos a quienes seguimos buscando.
De igual forma, la información sobre posibles sitios de hallazgo representa un aporte invaluable, como un gesto profundo de humanidad con quienes aún siguen buscando a sus seres queridos. La UBPD registra un universo de 136.010 personadas dadas por desaparecidas en contexto del conflicto armado, antes del primero de diciembre de 2016. De esa cifra, 1.586 desaparecieron en el Atlántico y 4.728 en el departamento del Magdalena.

Los canales de atención de la entidad están abiertos a través de las redes sociales. El equipo de la UBPD en el Atlántico atiende a través de tres Planes Regionales de Búsqueda y sus oficinas están ubicadas en la ciudad de Barranquilla, en la carrera 52 #74 – 28 (barrio El Prado). Además, se brinda atención a través de la línea telefónica 3162800157. Todos los trámites ante la Unidad de Búsqueda son gratuitos, no requieren intermediarios y no tienen consecuencias judiciales.