La tierra estaba húmeda y arcillosa. Debajo podía estar alguien que llevaba décadas esperando ser encontrado. Albeiro Valdez cavaba junto a sus nueve compañeros. Durante varios días habían aprendido antropología, criminalística, topografía e investigación humanitaria y ahora estaban en su territorio, poniendo en práctica lo aprendido.
Sabían que la búsqueda podía producir tristeza y esperanza al mismo tiempo. Cuando los profesionales les dijeron que, a determinada profundidad, podían encontrar el cuerpo de una persona, Albeiro sintió algo difícil de explicar.
«Uno como que se siente lleno de alegría de mirar que de pronto pueden estar ahí los restos de una persona que su familia ha estado buscando», cuenta y continúa: «Es difícil excavar y encontrar un ser humano ahí en esas condiciones».
Estas diez personas, integrantes del pueblo Siona y que pertenecen a los resguardos Santa Cruz de Piñuña Blanco y Santa Helena, en Puerto Asís (Putumayo), participaron en una experiencia piloto de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), implementada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y con el apoyo financiero de la Embajada de Suecia.
En Colombia se registran 137.000 personas dadas por desaparecidas, de las cuales 2.360 hacen parte de una comunidad indíguena. La propuesta, más que capacitar a una comunidad, busca reconocerla como aliada activa de la búsqueda. Es un diálogo de saberes que pretende dejar capacidades instaladas en el territorio para que las comunidades puedan continuar participando.
«Lo que yo siempre quise es ayudar a reparar el daño que tienen las personas, los seres queridos que no saben en dónde están. En el trabajo que nosotros realizamos ayudamos a eso, a reencontrar familias», dice Karen Carlosama, integrante de uno de los equipos, cuando le preguntaron por qué decidió participar.

Durante la formación aprendieron a medir, registrar, fotografiar, georreferenciar y documentar una misión con la sabiduría de un territorio que les ha enseñado que una búsqueda no comienza necesariamente con una pala. Comienza con la memoria de un abuelo, con una historia, con un camino o con alguien que recuerda dónde ocurrió algo hace décadas.
Para Magali Chindoy, enlace intersectorial de la Regional Sur de la UBPD, lo que pretende el proyecto es «relacionar los conocimientos del territorio con las herramientas de la investigación forense, la comunidad aporta su memoria, su autonomía y sus saberes territoriales, ancestrales y espirituales; la UBPD y sus conocimientos técnicos».
Y es por esa espiritualidad que los espacios de armonización son imprescindibles antes de las actividades. Para los Siona, el territorio está vivo, tiene memoria y orienta la relación de la comunidad con él y también lo que hace la Unidad de Búsqueda.

«Es una causa común de sanear y dar respuesta a esas familias y, asimismo, sanear el territorio y la memoria de los territorios», explica Marlon Sámchez, antropólogo de la Subdirección Técnica Forense de la Unidad de Búsqueda.
La práctica llevó a los aprendices hasta el cementerio comunitario. Allí descansan abuelos, hijos, madres, bebés y también personas desaparecidas hace décadas, algunas traídas por el río. Los Sionas las recibieron y las acogieron de acuerdo con sus propias costumbres.
En medio de la tierra húmeda encontraron evidencias de un cuerpo que pudo haber permanecido enterrado desde los años noventa. Quedaba muy poco de él. Sin embargo, algunos elementos permitieron reconstruir parte de su historia. La ropa se había conservado y junto al cuerpo apareció un bolso con una peineta, una cuchilla de afeitar, una cuerda y un toldillo, asociado a las labores de cosecha de coca. Tampoco había evidencia de un ritual funerario.

El análisis permitió establecer que se trataba de un cuerpo de competencia de la Unidad de Búsqueda; y los aprendices participaron en su recuperación poniendo en práctica los conocimientos adquiridos durante los días anteriores. En el mismo cementerio apareció otro cuerpo, pero su historia era diferente y no correspondía a la competencia de la UBPD. Así aprendieron también que no todos los hallazgos siguen la misma ruta.
Luego, en otra práctica, esta vez en otro lugar del territorio, recuperaron un segundo cuerpo que también era de competencia. Lo que hasta entonces habían aprendido en teoría se convirtió en una acción concreta en la que sus conocimientos podían contribuir directamente a encontrar y recuperar a quienes llevaban años desaparecidos.
Los equipos comunitarios apenas comienzan su camino. El proyecto busca que estas capacidades permanezcan en los resguardos y que sus integrantes continúen participando, junto con la Unidad de Búsqueda, en acciones de rastreo, documentación y prospección. El piloto finalizará en febrero y contempla que los equipos, de manera autónoma, contribuyan a la recuperación de cuatro cuerpos más: dos por cada comunidad.

En Santa Cruz de Piñuña Blanco y Santa Helena aprendieron a buscar. Y cuando finalmente encontraron, descubrieron que bajo su tierra no solo había cuerpos, había historias esperando volver a casa.