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Sumapaz | Bogotá

23 | julio | 2026

La mina que prolongó durante 17 años la despedida de Gundiralbo Morales, líder comunitario del Sumapaz 

Fotografía enmarcada en madera con el rostro de un hombre maduro de bigote, colocada en el suelo junto a flores, velas y hojas secas dispuestas en círculo.
La búsqueda humanitaria en el páramo de Sumapaz exige enfrentar retos que van mucho más allá de las distancias, las bajas temperaturas, la neblina permanente, los cambios bruscos del clima, la dificultad de acceso y las huellas aún presentes del conflicto armado.
Imagen: Comunicaciones UBPD

Durante 17 años, Eudora Morales llevó consigo una carpeta. No era un expediente cualquiera. Allí guardó oficios, respuestas, fotografías, anotaciones y cada documento que pudiera acercarla a una sola certeza: recuperar a su hermano y darle la despedida que durante tanto tiempo le fue negada.

Aquella carpeta creció con los años. Pasó de una oficina a otra, de una Fiscalía a otra, de una ciudad a otra. Mientras el tiempo avanzaba, la respuesta seguía siendo la misma: esperar.

Hasta que finalmente llegó el día.

Una mujer inclina la cabeza y apoya la mano sobre el ataúd de Gundiralbo Morales, decorado con rosas rojas, un cirio y una cartelera con su rostro e historia.
Foto: Comunicaciones UBPD

En el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, Eudora recibió el cuerpo de su hermano tras un proceso muy técnico de identificación. Gundiralbo Morales Dimaté, quien murió el 21 de enero de 2009 tras la explosión de una mina antipersonal en la vereda La Totuma, un territorio ubicado administrativamente en San Luis de Cubarral, en el Meta, pero conectado estrechamente con la localidad 20 Sumapaz, en Bogotá, por donde históricamente transitan sus habitantes.

«El día de hoy para mí fue muy doloroso, pero a la vez muy alegre. Doy gracias a Dios porque al fin pude darle cristiana sepultura a mi hermano, después de 17 años de lucha», dice Eudora mientras sostiene la serenidad de quien convirtió la perseverancia en una forma de resistencia.

Gundiralbo trabajaba en el páramo cuando ocurrió el accidente. Las minas antipersonal, sembradas durante años por los actores armados, convirtieron amplias zonas rurales de Colombia en territorios donde incluso caminar podía costar la vida. Según el programa de Acción Integral Contra Minas Antipersonal (AICMA), el país continúa siendo uno de los más afectados por este tipo de artefactos explosivos, cuyo impacto no termina con la muerte o las lesiones de quienes los activan: también prolonga el sufrimiento de sus familias y dificulta durante años las labores de búsqueda y recuperación.

Personas e integrantes de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) sentados en círculo alrededor de un altar con flores y una fotografía durante un acto ceremonial.
Foto: Comunicaciones UBPD

En el caso de Gundiralbo, la complejidad fue aún mayor. La comunidad logró recuperar su cuerpo y protegerlo en medio del conflicto armado. Lo transportó entre las montañas a lomo de mula hasta el pequeño cementerio de la vereda, donde permaneció durante más de una década esperando que alguna institución pudiera recuperarlo. Aunque Eudora nunca tuvo certeza sobre el paradero de su hermano, con el paso de los años recibió información de la comunidad que indicaba que posiblemente podría estar inhumado en ese cementerio. Esa información orientó su búsqueda y dio inicio a años de gestiones para que las autoridades pudieran recuperar el cuerpo y establecer plenamente su identidad. 

«El proceso de investigación nos permitió conocer sus circunstancias de muerte, saber que fue víctima de una mina antipersonal y reconstruir cómo la comunidad recuperó su cuerpo y logró protegerlo», explica Karen Quintero, antropóloga forense de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).

La búsqueda humanitaria en el páramo de Sumapaz exige enfrentar retos que van mucho más allá de las distancias, las bajas temperaturas, la neblina permanente, los cambios bruscos del clima, la dificultad de acceso y las huellas aún presentes del conflicto hacen que cada misión humanitaria requiera meses de planeación, coordinación institucional, trabajo conjunto con las autoridades comunitarias y las comunidades.

Un sacerdote frente a una mesa ceremonial oficia una misa frente a dos personas de espaldas y un féretro cubierto con ramos de flores rojas.
Foto: Comunicaciones UBPD

Eudora conocía bien esas dificultades. «Es muy lejos y muy maluco el camino. Es un páramo muy hermoso, pero muy peligroso para estar viajando», recuerda mientras menciona que mucho antes de que la recuperación pudiera realizarse, hubo intentos fallidos. En una ocasión, incluso, un operativo que incluía un helicóptero, personal especializado y equipos para la recuperación, tuvo que suspender sus acciones por una tormenta que impedía aterrizar sin poner en riesgo la vida de todos los presentes.

«El piloto nos dijo: En sus manos está, señora Eudora. Si aterrizamos así, podemos caer en una montaña y todos morimos. Nos devolvimos y pasaron los años», recuerda. Durante casi dos décadas, Eudora convirtió la búsqueda de su hermano en una tarea cotidiana. Recorrió despachos judiciales, defensorías, instituciones y fiscalías. Aprendió nombres, procedimientos y rutas administrativas que nunca imaginó conocer.

«Era de oficina en oficina, de Fiscalía en Fiscalía, de doctores en doctores. De aquí para allá y así sucesivamente. Eso hacía que todo se demorara muchísimo», cuenta.

Nunca dejó de insistir. Mientras muchas personas le decían que olvidara el caso, ella seguía guardando cada documento en la carpeta que hoy conserva como una memoria familiar. «Esa carpeta sigue ahí. Es como la escritura de mi vida, para que un día mis hijos lean toda esa historia».

Una mujer con abrigo blanco sostiene atentamente un rosario entre sus manos con expresión reflexiva. A sus lados la acompañan dos mujeres en una galería de cementerio con bóvedas funerarias de fondo.
Foto: Comunicaciones UBPD

La búsqueda de Gundiralbo Morales también dejó una lección para la Unidad de Búsqueda: la confianza de las comunidades es indispensable para avanzar en la búsqueda humanitaria. La estrecha relación que Gundiralbo había construido como líder comunitario en el Sumapaz fue determinante para reconstruir su historia. Los testimonios de los habitantes del páramo, el trabajo conjunto con líderes campesinos y la información aportada por su familia permitieron esclarecer lo ocurrido, ubicar el lugar donde permanecía su cuerpo y abrir nuevas posibilidades para la búsqueda de otras personas desaparecidas en este territorio. El caso también evidenció que la búsqueda humanitaria se fortalece cuando las comunidades participan activamente y confían en las instituciones. 

La búsqueda de personas desaparecidas en áreas contaminadas por minas antipersonal (MAP) y municiones sin explotar (MUSE) representa uno de los mayores retos para la acción humanitaria. La amenaza que estos artefactos suponen obligar a coordinar las intervenciones con otras entidades especializadas y a adoptar estrictas medidas de seguridad antes de ingresar al terreno. Esto no solo puede prolongar la incertidumbre de las familias durante años, sino que también dificulta el acceso a lugares donde podrían encontrarse personas desaparecidas. En estos contextos, la articulación institucional y el conocimiento que las comunidades tienen del territorio resultan fundamentales para avanzar en la búsqueda de manera segura y proteger la vida de quienes participan en ella. 

«Recuperar a Gundiralbo Morales demostró que la búsqueda humanitaria solo es posible cuando las comunidades hacen parte del camino. Fueron ellas quienes abrieron las puertas del territorio, compartieron su conocimiento, guiaron a los equipos de búsqueda y contribuyeron a crear un corredor humanitario que permitió llegar hasta el lugar donde permanecía Gun. Allí donde el miedo había cerrado el paso durante años, la confianza hizo posible la búsqueda», explica Randolf Laverde Tamayo, investigador del equipo Bogotá, Cundinamarca y Amazonas de la UBPD. 

La identificación fue el resultado de un proceso liderado por el equipo de la UBPD para Bogotá, Cundinamarca y Amazonas que integró testimonios de la comunidad, información entregada por la familia, análisis antropológicos y estudios genéticos que permitieron que el equipo del Centro Integral de Abordaje Forense e Identificación de la UBPD (CIAFI) pudiera establecer con certeza que el cuerpo encontrado en el páramo es el de Gundiralbo.

Un grupo de ocho personas reunidas en un pasillo de cementerio sostienen velas encendidas junto a la lápida grabada con el nombre "Gundiralbo Morales Dimate". En el frente sostienen un cartel con el dibujo de su rostro y un mensaje conmemorativo.
Foto: Comunicaciones UBPD

Para Carmen Adriana López, coordinadora de la Mesa Local de Participación Efectiva de Víctimas de Sumapaz, este caso también demuestra la importancia de acompañar a las familias que durante años han esperado una respuesta. «Ella tenía indicios de dónde estaba su hermano y nadie le ayudaba a recuperarlo. Cuando llega la Unidad de Búsqueda, las cosas cambian y ese trabajo conjunto hace posible que hoy estemos aquí».

Cuando Eudora recibió la llamada que confirmaba la identificación de su hermano, sintió que los 17 años de espera finalmente llegaban a su fin. «Sentí una felicidad tan grande. Yo solo preguntaba: ¿Cuándo me lo van a entregar? ¿cuándo lo voy a poder ver?. Me decían: Todo a su tiempo. Y ese tiempo llegó».

Hoy habla con la tranquilidad de quien cumplió una promesa. «Para mí fue un cambio total. Siento una paz, siento una alegría muy grande. La lucha valió la pena». Antes de despedirse, deja un mensaje para quienes continúan buscando a sus seres queridos: «No pierdan la esperanza. Si alguien verdaderamente quiere saber de un ser querido, que nunca deje de buscar».

La historia de Gundiralbo Morales demuestra que, incluso en los territorios más difíciles y marcados por la guerra, la búsqueda humanitaria puede abrir caminos donde durante años solo hubo silencio y miedo. Su hallazgo no solo devolvió a un líder comunitario con su familia y con el Sumapaz; también confirmó que la confianza de las comunidades, el compromiso de las familias y la persistencia y articulación institucional pueden hacer posible lo que parecía inalcanzable: encontrar a quienes la guerra mantuvo desaparecidos y devolverles un lugar en la memoria de su territorio. En el Sumapaz quedó una lección: allí donde la guerra sembró minas y silencios, la confianza entre las comunidades y la búsqueda humanitaria fue capaz de abrir un camino para el reencuentro.

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