El norte de Casanare es una región próspera donde el arroz, el ganado y el café ocupan un renglón importante de la economía comunitaria y campesina. Esta zona limita con los departamentos de Arauca y Boyacá. Sus pobladores han soportado el dolor del conflicto armado, promovido por distintos actores y en distintas épocas, pero con las personas más vulnerables siempre como víctimas.
En la tarde de un sábado, en noviembre de los 2000, el dolor de la violencia tocó la puerta de una familia casanareña para arrebatarle a uno de sus miembros. Un joven de 27 años fue retenido, intimidado y llevado a un lugar remoto por personas armadas para quitarle la vida. Como si se tratara de un milagro, con súplicas encontró compasión y evitó su muerte. Salvar su vida le costó el destierro, pero también le significó perder todo contacto con su esposa y con quienes más amaba: sus hijos. Una enorme tristeza y la ropa que llevaba puesta fue lo único que le quedó.
Su esposa, su pequeña hija de cinco años y un bebé, que para entonces apenas estaba por cumplir dos años, nunca supieron qué ocurrió pero siempre se imaginaron lo peor. Con el corazón arrugado y con muchas dificultades, esa madre se las arregló para sacar adelante a sus hijos. Pese a la ausencia y a la falta de apoyo por parte de un esposo, logró que sus hijos se formaran como profesionales. Ahora ellos son su más grande orgullo, no por haber pasado por una universidad sino por el amor y respeto con el que hoy en día tratan a los demás.
Mientras esto pasaba en Casanare, en el departamento del Meta un joven desplazado por el conflicto armado se ganaba lo de la comida y alguito más podando árboles, limpiando maleza en lotes y trabajando en lo que saliera. Tuvo que volver a empezar después de salir huyendo. Aunque extrañaba a su familia, quiso evitar ponerlos en riesgo: «En esa época no era como ahora. Para comunicarse con la familia había que llamar a la caseta de Telecom. Y si lo hacía, todo el pueblo se iba a enterar. Yo no quería que a ellos les hicieran nada», afirmó.
Esos niños, que ya son adultos, se marcharon del municipio en el que perdieron a su padre en busca de oportunidades de estudio y de una vida mejor. No obstante, de la memoria de la hija mayor nunca se borraron los abrazos y mimos del hombre que le dió la vida. Siempre anheló tenerlo a su lado nuevamente y nunca dejó apagar la esperanza de volverlo a ver. Por eso se comunicó con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) el 16 de diciembre de 2025 para presentar una solicitud de búsqueda, aportando un número de teléfono que había conseguido en donde posiblemente tendría razón sobre su padre.

Con esta solicitud, la UBPD inició un proceso de verificación de información e investigación humanitaria para establecer la ubicación de la persona y corroborar su identidad. En esta etapa se realizaron consultas en bases de datos institucionales y administrativas, donde se identificaron coincidencias en los nombres y apellidos y algunas descripciones físicas. Finalmente, la entidad pudo establecer contacto directo con él, se corroboró su identidad y se le propuso realizar un reencuentro con sus hijos. Él aceptó sin dudarlo. Seguidamente se le informó a su hija, principal buscadora. En común acuerdo, se coordinó un espacio íntimo y respetuoso, atendiendo a las necesidades de la familia buscadora así como de la persona encontrada con vida.
El 27 de marzo de 2026 llegó el tan anhelado momento. Los nervios se apoderaron del papá que ahora volvería a ver a sus hijos. Sus manos sudorosas se las llevó a la cabeza y después de un suspiro dijo: «Esto es muy berraco». A la tensa situación del momento se sumaba un pendiente: tenía que presentar a su otra hija, una adolescente de 17 años, producto de una relación posterior a su desplazamiento, y quien lo acompañaba en ese momento. Mientras los dos, llenos de nervios, esperaban al interior del salón, afuera las cosas no eran muy distintas. La expectativa se apoderó del momento. Sonrisas tímidas y chistes flojos acompañaron la escena.
Inicialmente se desarrolló un espacio preparatorio con apoyo de una psicóloga de la Comisaría de Familia del municipio en el que se desarrolló el reencuentro, quien estuvo allí por solicitud de la UBPD y la familia. Estos espacios se dieron por separado con las dos partes. Luego llegó el momento para que los hijos mayores ingresaran al salón. La hija mayor fue quien tomó la iniciativa para golpear la puerta tímidamente. Luego de algunos segundos que parecieron eternos, él abrió. Nadie pudo decir nada, todos enmudecieron, las palabras no salían, no era el momento de hablar. Los ojos rechinaron de brillo de lado y lado, era momento de abrazar con el corazón y el alma, fue un abrazo que ninguno quería terminar.
Aunque pasaron más de 25 años, el temor persiste. Es por eso que ellos prefirieron no revelar sus identidades. Sin embargo, a través de siluetas de papel se representaron a sí mismos, para tomar la foto que encabeza esta historia. Usar un lápiz y la creatividad para intentar transmitir “cómo quiero que los demás me vean” fue algo retador.
Wilson Chavarro, coordinador del equipo de la UBPD en Casanare, resaltó: «Este reencuentro, además de llevar alivio a una familia que estuvo separada por el conflicto armado, renueva la esperanza para miles de mujeres y hombres que esperan el regreso de un ser querido desaparecido». Así mismo, agradeció el apoyo institucional que permitió el adecuado desarrollo de esta acción humanitaria: «Es importante reconocer el apoyo que brindan las Personerías, la Alcaldías Municipales y Comisarías de Familia, que a través de sus funcionarios contribuyen permanentemente a la búsqueda y facilitan el desarrollo de valiosos e inspiradores momentos, como el que se dio en esta oportunidad».

En Casanare, al menos 2.134 personas han desaparecido en hechos relacionados con el conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016. Sus familias siguen con la incertidumbre, esperando respuestas, preguntando dónde están y qué les pasó.
Si usted tiene información sobre la suerte y paradero de personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado, ayudenos con su aporte para encontrarlas y aliviar el sufrimiento de las personas que les buscan. Desde la UBPD garantizamos que la información se usará de manera confidencial, única y exclusivamente para encontrar a las personas dadas por desaparecidas. Puede comunicarse con nosotros en nuestra sede en Yopal, que se encuentra ubicada en la calle 16 # 22 – 65 (segundo piso). También puede llamar o escribir por WhatsApp al celular 3162809395 o a través de correo electrónico tyopalcorrespondencia@unidadbusqueda.gov.co.