Desde su nacimiento, Andrés Quiro fue un niño diferente. Una sabedora y un médico tradicional de la etnia Wounaan Nonam lo integraron a su comunidad siendo él afrodescendiente y lo adoptaron como hijo propio. Andrés nació en Cali, pero creció a orillas del río Calima, en la zona rural de Buenaventura, en el resguardo de Santa Rosa de Guayacán. Este territorio, un cruce de caminos entre consejos comunitarios de comunidades negras y pueblos indígenas, se caracteriza por su clima cálido, la convivencia de la selva con el agua del río, el plátano con la caña panelera y, lamentablemente, por el conflicto armado que ha provocado múltiples desplazamientos, asesinatos, reclutamientos y desapariciones.
A pesar del difícil entorno, Andrés tuvo una infancia feliz, como lo relata Arlington, uno de sus hermanos y hoy profesor: «Él era también guardia menor. Cuando había eventos en la comunidad, Andrés participaba bastante. Por el momento estamos felices como familiares de recibir su cuerpo y lo he soñado, porque él me ha dicho que su espíritu está alegre regresar».
Andrés creció fuerte, contribuyendo a las labores comunitarias y hablando fluidamente el Woun meu, su lengua. Corría el 2010 cuando se supo de la vinculación de Andrés a un grupo armado con presencia en la zona, sin dar mayores explicaciones. Meses después, un bombardeo en la zona limítrofe entre Valle del Cauca y Chocó llegó a oídos de su comunidad. Su madre intuyó lo peor. Andrés había fallecido en medio de las hostilidades en 2011, cerca del río San Juan. El cuerpo fue trasladado por el ejército al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses en Cali, donde se le practicó la necropsia. Aunque se buscó describir datos particulares, en ese momento no fue posible determinar su identidad y fue clasificado como cuerpo no identificado.

En Cali, sus restos descansaron en el camposanto San José de Siloé, en una bóveda junto a otros cuerpos no identificados y cuerpos identificados no reclamados, producto de inhumaciones estatales de personas fallecidas en el contexto del conflicto armado. Después de 14 años, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) intervino este camposanto tras un análisis documental de los ingresos de todos los cuerpos provenientes de Medicina Legal, producto de combates en la región, con el fin de localizar a personas desaparecidas en el contexto del conflicto.
La recuperación del cuerpo no fue el fin del proceso. Aunque la identidad preliminar sugerida por la Corporación Humanitaria Reencuentros apuntaba a que las estructuras óseas pertenecían a Andrés Quiró, la Unidad de Búsqueda debió realizar un reanálisis de las huellas dactilares obtenidas en su registro civil y las huellas obtenidas posteriormente en su necropsia. Este reanálisis requirió del archivo de la Registraduría Nacional del Estado Civil y de pruebas dactiloscópicas realizadas por el Instituto de Medicina Legal.

La identificación genética no fue posible ni necesaria, ya que la familia adoptiva de Andrés no tenía parentesco consanguíneo. Esto reafirma que la búsqueda humanitaria no necesariamente la realizan los parientes biológicos, su familia social tiene también el derecho de saber el paradero de su ser querido. Tras cotejar las huellas, la Unidad de Búsqueda logró establecer de forma fehaciente la identidad del cuerpo hallado con la persona desaparecida.
El último desafío fue encontrar a su familia, cuyo rastro se había perdido hacía más de una década. Gracias a la intervención de la Corporación Humanitaria Reencuentros, se logró contactar a uno de sus hermanos adoptivos. Aunque su madre de crianza lo esperó hasta sus últimos días de vida, encargó a la comunidad su voluntad de recibir a Andrés como si la guerra nunca se los hubiese arrebatado. Andrés fue entregado dignamente mediante un acto culturalmente pertinente, cerrando así un largo capítulo de incertidumbre sobre su paradero.
