A pesar de los más de 600 Kilómetros de distancia y tres días de viaje por tierra desde el Guaviare hasta el Quindío, Andrés Ospina Andrade y su madre Olga llegaron puntuales, en vísperas de Semana Santa a la parroquia San José de Calarcá para encontrarse con Arcesio, el padre de Andrés. Si bien el empeño de encontrar a su ser querido había enviado a ambos hacia distintas rutas por todo Colombia, solo hasta el 17 de noviembre de 2020 su búsqueda comenzó a tener resultados más concretos cuando hicieron la solicitud de búsqueda ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).
La espera que parecía de días ya rozaba la tercera década, pues la última vez que vieron con vida a Arcesio fue el primero de enero de 1997. Tenía 46 años, vestía una camiseta azul de cuello blanco, una pantaloneta amarilla y unas botas pantaneras.
Arcesio o ‘Moncho’, como le decían de cariño, medía cerca de 175 centímetros. No muy alto, no muy bajo. Era el mayor de sus hermanos, quienes también perdieron a su padre por la violencia del conflicto armado. Tenía una chivera que procuraba mantener corta. ‘Moncho’ era un negociante y un hombre del campo. Como muchos otros, ejercía oficios varios según la necesidad del momento. Quizá por eso se fue al Guaviare a buscar suerte. Andres, su hijo de 5 años para la época, lo esperó aunque no quisiera.
Años más tarde, Andres y Olga reciben la noticia de que Arceso desapareció. Les llegaron rumores del lugar donde vivía, en el sur del país: les dijeron que un grupo armado no estatal lo llamó a una finca y no volvió, lo mató y su cuerpo quedó dispuesto en un lugar de difícil acceso, cerca a una laguna. Solo unas azucenas a medio plantar se habían convertido en una señal para encontrar a Arcesio.

En el punto indicado, lograron encontrar estructuras óseas, al menos las que quedaban después de que la mayoría se degradaran. Pero una seña fue determinante: la camiseta azul con cuello blanco, la pantaloneta amarilla y las botas pantaneras con las que se le vio hace casi 30 años.
Con apoyo de la Corporación Vida Paz y el Colectivo Orlando Fals Borda, Andrés y Olga llegaron a la Unidad de Búsqueda para superar los obstáculos que durante tantos años de búsqueda se habían encontrado. El terreno donde se inhumó el cuerpo de Arcesio era un área de explotación ganadera, rodeada por zonas boscosas y riachuelos. El suelo era de contextura arcillosa, muy húmedo y ácido, lo que hacía más dificultosa la recuperación del cuerpo. Hasta allí llegó el equipo forense de la UBPD, junto a Andrés y Olga.

Cuenta Andrés que: «Nosotros sabíamos dónde estaba el cuerpo desde un principio que él murió». Pues justo cuando fue asesinado por un grupo armado no estatal que operaba en la zona, la comunidad plantó dos azucenas a cada costado como señal y adorno fúnebre para identificar el lugar de la inhumación, lo cual fue determinante para el hallazgo y su posterior recuperación y remisión al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses.
Para la identificación del cuerpo se cotejó la información obtenida en la investigación, donde coincidieron el perfil biológico, el sexo y las prendas del desaparecido. Sin embargo, en casos donde las estructuras óseas están tan deterioradas es preferible una identificación por medio de cotejo genético. Fue así como se tomaron muestras de Andrés y de María Elcira Parra, la madre de Arcesio. Las sospechas se hicieron certeza.

En 2026, en la parroquia San José de Calarcá, se llevó a cabo la entrega digna con el acompañamiento de servidores de la UBPD, específicamente del equipo en Risaralda. Allí, el viaje de casi 15 años de Andrés y Olga terminó, concluyendo con la disposición del cuerpo de Arcesio en el osario del templo y cerrando un ciclo de rupturas de la historia familiar de padres asesinados en el marco del conflicto armado.
El Quindío tiene como universo preliminar a 664 personas desaparecidas en contexto de conflicto armado y es abordado por un Plan Regional de Búsqueda que cubre los 12 municipios de este departamento.