En el cementerio del municipio de Baraya, al norte del Huila, tuvo lugar la misión humanitaria para la búsqueda de Jaime Armel Guerrero Rincón. Sus hermanos Pedro María y William recibieron el acompañamiento del equipo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) y el Observatorio Surcolombiano de Derechos Humanos (OBSURDH). Con el aval de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, la administración municipal y la Personería de Baraya, se realizó la excavación en el lugar indicado por la investigación.
Es la primera vez en 32 años que William y Pedro María regresan a este cementerio, con el propósito no solo de limpiar sino de excavar, observar, palpar, recabar y confirmar, con todos sus sentidos, los resultados de una investigación que abanderaron con sus propios medios. En este proceso, sus padres Teresa y Álvaro sufieron por la ausencia de Jaime: ambos ya fallecieron, su madre padeció un cáncer que, según los hermanos, la desaparición agudizó.
«La muerte de Jaime hizo parte de casos ocurridos en el sector de La Troja, una vereda de Baraya. No fue el único caso que investigó la Unidad Nacional de Derechos Humanos de la Fiscalía en 1994, porque eran sistemáticos, dejaron las mismas huellas. Los responsables cometieron las mismas formas de desaparición: los detuvieron, los retuvieron y luego los desaparecieron en esta zona del norte del Huila. Por esto, los hechos fueron considerados de lesa humanidad y produjeron diez años después una condena a través de la sentencia 008 del 14 de marzo de 2005», aseguró con claridad Pedro María.
En 2023, los hermanos decidieron buscar a través de la representación del Observatorio de Derechos Humanos la acreditación ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), como parte del Macrocaso 03 – Subcaso Huila relacionado con muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado.

Jaime Armel para los Guerrero Rincón y las personas del pueblo que le conocieron de cerca fue un muchacho alegre, inquieto, trabajador, recochero y ocurrente, con una sonrisa que mantuvo un gran vínculo con su mamá, de quien heredó la bondad. Cuando encontró diferencias con su padre, se refugió en sus hermanos en momentos de dificultad. Tenía 33 años cuando desapareció y su ausencia marcó a su entorno cercano de desasosiego, consternación y un dolor que aún los quiebra.
Hacer memoria del camino de la búsqueda les lleva a recordar su infancia en el municipio de San Agustín. Jaime era el cuarto de 10 hermanos. El trabajo de su padre como docente exigió que desde pequeños se rebuscaran la vida en ocupaciones varias. Por este motivo, la plaza de mercado, el sector hotelero y el Parque Arqueológico fueron fuente de recursos para la familia. Jaime, por ejemplo, adquirió habilidades con los idiomas y trabajó como guía turístico desde sus siete años hasta el día de su desaparición.

Tras este hecho y con el pasar del tiempo, William ha hallado refugio en las partidas de ajedrez, en las recetas de cocina aprendidas desde niño en su amado pueblo, en la salsa y en una que otra balada clásica; y Pedro María, en su trabajo docente, herencia de su padre, reconoce su labor recorriendo largos caminos rurales para llegar a escuelas remotas donde siembre izó la bandera blanca de la paz y ha sido abrigo para sobrellevar la realidad.
Hoy ambos participan activamente en espacios de justicia restaurativa junto a otras familias, con quienes comparte la ilusión colectiva de encontrar. De vez en cuando Teresa, su mamá, regresa en sueños a llenarlos de certezas, en este trasegar donde bajar la guardia no ha sido una opción. Hoy, con conocimientos en derecho, en procesos judiciales y hasta en osteología, continúan gritando la injusticia y buscado la verdad, como símbolo de coraje, sabiduría y fortaleza.
La misión humanitaria en Baraya concluyó con la recuperación de dos cuerpos, que fueron dirigidos al Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses para confirmar su plena identidad.

En palabras de Yulieth Viviana Valencia, antropóloga líder del equipo de la UBPD en el Huila: «El ejercicio realizado en el cementerio de Baraya se volvió único. La dinámica del proceso inició con una familia espectadora y poco a poco, de manera natural, se convirtió en una extensión del equipo forense, quienes le dieron una mirada específica al trabajo que estábamos haciendo y se volvió un espacio no solamente técnico sino íntimo y muy enriquecedor».
La familia, esperanzada, aguarda por resultados y mantiene la exigencia de limpiar su nombre, honra y dignidad, manchados por la estigmatización de los medios de comunicación que en ese entonces titularon los periódicos con calificativos infundados sin comprobar los hechos.