A miles de familias en Colombia el conflicto armado les arrebató a sus seres queridos sin explicaciones, sin despedidas y sin rastros que indicaran dónde buscarlos. Josefina aprendió a convivir con el silencio mucho antes de comprenderlo. Desde el día en que su esposo desapareció, la montaña se hizo más grande, el frío más profundo y la parcela más sola.
Lo que ocurrió con esta mujer no fue un hecho aislado: en su vida se instaló una ausencia pesada e infinita, parecida a la neblina que cada mañana desciende sobre la montaña, la envuelve en silencio y, aun así, parece susurrarle que no está sola, que su dolor importa y que la búsqueda de su compañero desaparecido algún día la hará acompañada.
Josefina decidió permanecer en el mismo lugar, en lo alto de la montaña, donde el camino apenas se distingue como una huella sobre la tierra. Allí se abastece de agua con la lluvia, la luz eléctrica llega solo de vez en cuando y la tecnología nunca fue una opción. Su compañía más fiel es un viejo radio de pilas, testigo de las largas jornadas de trabajo, de las madrugadas sin sueño, de la incertidumbre por no saber el paradero de su esposo y de los recuerdos que siguen vivos en su memoria, a pesar del paso del tiempo.

Una tarde, entre interferencias y voces lejanas, una noticia le hizo estremecer el pecho: la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) estaría en el pueblo, a muchos kilómetros de su casa, recibiendo solicitudes para buscar a personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado. Josefina no comprendía del todo cómo funcionaba aquel proceso, pero sí entendió lo más importante: alguien podía ayudarla a buscar a su esposo.
Tomó la decisión de asistir a la jornada de recepción de solicitudes de la Unidad de Búsqueda. Al amanecer del día siguiente, le pidió a una vecina que cuidara su casa. Antes de salir, alimentó a las siete gallinas que tiene en el patio, presagiando que el viaje podía tomarle el día completo, y le dejó comida y agua a ‘Ferro’, un perro callejero que un día llegó a su casa y nunca se fue. Se puso su mejor vestido, el de salir al pueblo en ocasiones especiales; eligió los zapatos más cómodos, tomó una mochila desgastada por el uso y guardó en ella su cédula y la de su esposo. Luego emprendió el viaje.
Caminó durante horas cuesta abajo, con el cansancio apretándole las rodillas y el temor susurrándole que quizá no valía la pena. Aun así, no se detuvo. Siguió adelante porque el amor no desaparece con las personas; por el contrario, se transforma y se fortalece con la ausencia.
Al llegar al lugar donde estaban los servidores de la Unidad de Búsqueda, el miedo la invadió otra vez. Pensó que podrían reprocharle haber esperado tanto tiempo para pedir ayuda. Se sentó a esperar su turno, detrás de otras dos personas. Su corazón latía con fuerza, la ansiedad le recorría el cuerpo sin que pudiera explicarla. Desde donde estaba, alcanzaba a ver una mesa cubierta con un mantel blanco, formatos, folletos, revistas, libros y un aviso grande que decía: «Donde estén, les seguiremos buscando«. Ese mensaje le alimentó la esperanza.

Para alguien como Josefina, todo aquello parecía pensado para otros: para quienes viven en la ciudad, no para quienes vienen del campo, rodeados de faltantes, marcados por la pobreza, la distancia y las heridas del conflicto armado; para quienes tienen las manos curtidas por el trabajo diario y el dolor clavado en el corazón. Aun así, habló. Contó lo poco que sabía, lo mucho que recordaba y todo lo que nunca dejó de esperar. Cada palabra le dolía, pero también la aliviaba poder hablar con alguien.
Cuando llegó su turno, Josefina relató con claridad la última tarde que compartió con su esposo. La noche anterior, un vendaval había arrasado con los cultivos: las matas de plátano, guineo, yuca, cacao y aguacate quedaron en el suelo. Desde la madrugada, ambos trabajaron levantando lo que podían rescatar, enderezando las matas, recogiendo lo que aún servía. El cansancio se les fue acumulando en el cuerpo hasta que, cerca de las siete de la noche, dieron por terminada la jornada.
Regresaron a casa sin fuerzas. No hubo una cena elaborada ni largas conversaciones. Solo dos tazas de aguapanela caliente, tomadas a sorbos rápidos, les apaciguaron el hambre. Se acostaron temprano, con el olor a tierra húmeda impregnado en la piel y el agotamiento cerrándoles los ojos.
Antes de quedarse dormidos, la quietud de la noche se rompió. Josefina escuchó murmullos y muchos pasos alrededor de la casa. El silencio de la montaña desapareció de forma abrupta. A través de las rendijas de las paredes de tabla y en medio de la penumbra, alcanzó a distinguir sombras que se movían de un lado a otro. Un golpe fuerte en la puerta hizo que su esposo se levantara. Le dijo que esperara, que iba a atender el llamado.

Josefina se quedó inmóvil. Un sentimiento que nunca logró descifrar la invadió por completo. Escuchaba voces que no alcanzaba a entender. El cansancio desapareció y el sueño se desvaneció. Esperó a que su esposo regresara, pero nunca volvió. Desde esa noche, su vida en la montaña cambió para siempre. Han pasado 24 años y Josefina sigue esperando una noticia, una respuesta, un lugar donde procesar su duelo. La ilusión de que algún día su esposo regrese a tocar la puerta la ha mantenido en pie, en la misma casa, en el mismo lugar, abrazada a su soledad.
Cuando terminó de diligenciar su solicitud de búsqueda, sintió un descanso profundo, como si el peso que llevaba en el corazón se hubiera aligerado. No tenía respuestas inmediatas ni certezas, pero sí la tranquilidad de haber sido escuchada, de haber dado un paso a pesar de la distancia, el cansancio, la pobreza y el olvido.
Josefina regresó a su casa por el mismo camino empinado, pero con el corazón un poco más liviano. Aunque el Estado a veces parezca lejano y los trámites sean difíciles o tarden, existen personas como ella que no se rinden. Personas que, desde la montaña, con un radio viejo y la esperanza intacta, demuestran que la dignidad, la memoria y la determinación también son formas de resistencia.