Entre cafetales húmedos y matas de plátano que se mecen con el viento tibio de la montaña, el equipo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) para Bogotá, Cundinamarca y Amazonas camina despacio. Cada paso es una pregunta. Cada señal en el paisaje puede ser una respuesta largamente esperada.
Aquí, en las veredas que alguna vez fueron escenario de confrontaciones armadas, se han prospectado cuatro sitios de interés forense. Lugares que, según las hipótesis de investigación humanitaria y extrajudicial, podrían resguardar los cuerpos de personas desaparecidas en la década de los años noventa. No hay lápidas. No hay nombres. Solo coordenadas aproximadas y recuerdos que sobreviven al paso del tiempo y a los fragmentos de la memoria.
Buscar en campo abierto es quizá una de las cosas más complejas a las que se enfrentan los equipos investigativos de la UBPD. Es aceptar la incertidumbre y la frustración –esto último, quizá, lo más difícil-. Es abrir la tierra sin saber si hablará. No es como llegar a un punto fijo y saber que allí te van a estar esperando. No hay coordenadas exactas ni estructuras visibles, tan solo señales que alguna vez hicieron parte del paisaje y que en ocasiones solo se conserva en la memoria lejana de algunas personas. Es soportar el barro que se adhiere a las botas, el sol que quema, la lluvia que borra huellas. Son días de echar azadón, pica y pala con una convicción enorme: que ninguna desaparición se quede sin respuesta.
Durante más de un año se ha tejido algo intangible y frágil: la confianza. Campesinos y campesinas que guían en la montaña. Juntas de acción comunal que ayudan a reconstruir rutas antiguas. Organizaciones de víctimas que insisten en que el tiempo no cancela el derecho a saber; y también hombres y mujeres que un día empuñaron armas y que hoy regresan para señalar la tierra.
A esa confianza se suma otra capa: la del cumplimiento. Wilmar Antonio Marín Cano, conocido como Hugo, compareciente ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y miembro de la Corporación Humanitaria Reencuentros, lo explica sin rodeos: «Estamos aquí cumpliendo el régimen de condicionalidad (…) No solamente para decirle a la JEP, sino al país, que estamos cumpliendo con los acuerdos».
Para él, la búsqueda no es un gesto simbólico. Es una obligación ética. «Es de la única manera que nosotros, de forma presencial, hacemos entrega a las víctimas para resarcir el daño que se cometió durante el conflicto».
A esta voz se suma otra que resalta: «Nosotros hicimos unos compromisos cuando se firmó la paz, de buscar las personas desaparecidas para entregarse a la familia y que la familia descanse y le dé una sepultura en un sitio correcto y en paz», dice Bernardo Mosquera Machado, conocido en el pasado como el Negro Antonio.
El municipio fue una zona de fuerte presencia guerrillera y escenario de confrontaciones entre guerrilla, paramilitares y fuerza pública. Viotá —recuerda Mosquera— fue una región atravesada por el conflicto armado. «En ese conflicto hubo muchas personas desaparecidas y muertas. Pero esos que están desaparecidos (…) estamos comprometidos a buscarlos».
Las palabras no borran lo ocurrido, pero abren un espacio distinto: el del reconocimiento y el compromiso. Luis Carlos Chaparro, antes conocido como Arcesio, lo nombra como un reto que no admite atajos: «Estamos hablando de hace 20 o 30 años atrás. La gran mayoría de los compañeros que enterraron a estas personas no están. Entonces, nos ha tocado venir recopilando mucha información (…) para lograr dar con esas personas y aclararles la situación a las familias».
La memoria, dicen ellos mismos, se va perdiendo con el tiempo. Y recopilar información es reconstruir una geografía que cambió y que depende de los recuerdos que quedan. Los árboles crecieron. Los caminos se cerraron. Las referencias se transforman. Pero todavía hay quien recuerda. «Allá, detrás de ese olivo, de esa mata de café…»; «Cerca de esa quebrada…»; «Más arriba del camino…».
«Enorgullece lo humanitario que se viene haciendo», dice Luis Carlos. «Porque sí se ha logrado encontrar personas (…) y se le ha llevado ese alivio a la familia. Eso es bueno para las familias y para nosotros, que creemos que estamos cumpliendo con lo que se firmó».

Para Hugo, la búsqueda tiene una razón simple y profunda: «Cada ser humano necesita una cristiana sepultura. No pueden quedar a campo abierto».
La frase no habla de ideologías. Habla de dignidad. De cerrar un duelo. De que nadie quede reducido a una coordenada perdida en la montaña.
Para el equipo de la UBPD para Bogotá, Cundinamarca y Amazonas, cada misión es una suma de voluntades. Antropólogos, investigadores, forenses y profesionales sociales coordinan esfuerzos para que cada caracterización sea rigurosa y respetuosa. La búsqueda es humanitaria y extrajudicial: su centro no es el castigo, es el alivio del sufrimiento y el derecho de las familias a conocer la verdad.
El trabajo de la Unidad de Búsqueda en Viotá no busca señalar culpables ni reabrir trincheras. Busca que cada una de las 191 personas registradas como desaparecidas en este municipio tenga el derecho real a ser encontrada. Que cada familia tenga derecho a saber.

Es en esta centralidad de las víctimas donde el mandato humanitario de la UBPD cobra sentido; y donde el aporte de información de más de siete personas que tuvieron algún tipo de vinculación, directa o indirecta, con las dinámicas del conflicto armado en Viotá y sus alrededores adquiere especial relevancia. Algunas de ellas, como Bernardo o Luis Carlos, empuñaron un día las armas; hoy, sin embargo, han depositado su confianza en la institución para narrar lo que saben sobre las personas desaparecidas en este territorio y acompañar su búsqueda.
El trabajo colectivo continúa. En esta misión se ve el vaso medio lleno y el equipo se queda con que, a pesar de los resultados, este trabajo de una semana permitió descartar tres sitios de interés forense. Tres sitios menos para la búsqueda, porque en la búsqueda incluso descartar es avanzar. Porque cada paso, incluso el que parece pequeño, acerca un poco más a la verdad y al descanso que tantas familias siguen esperando.
Viotá, territorio de búsqueda
Viotá es hoy el tercer municipio con mayor número de personas desaparecidas en Cundinamarca, después de Soacha y Yacopí. Durante las décadas de 1990 y 2001 se convirtió en epicentro de las dinámicas del conflicto armado en la región del Tequendama y en zonas rurales estratégicas cercanas a Bogotá. La presencia y actuación de los frentes 22 y 42 de las FARC-EP marcó profundamente el territorio, dejando a su paso historias de reclutamiento, retenciones, señalamientos y desapariciones que aún hoy reclaman respuestas.
En el marco del Plan Regional de Búsqueda del Occidente de Cundinamarca, la Unidad de Búsqueda ha recopilado información sobre el posible lugar de inhumación en campo abierto de 11 personas desaparecidas. Hasta ahora se han documentado 10 sitios de interés forense en veredas como Laguna Larga, Brasil, San Martín, Florencia, Alto Palmar, Calandaima Alta y Argelia. La investigación continúa. Detrás de cada hipótesis hay un nombre, una historia y una familia. La búsqueda en Viotá trabaja para que cada una de las 191 personas registradas como desaparecidas en este municipio tenga el derecho real a ser encontrada.