Durante años, para el cementerio de La Palma, en Cundinamarca, el ‘NN 060’ era apenas una marca. En la estructura 8, la bóveda 418 conservaba una inscripción sencilla, escrita con pintura negra que mostraba este número. Nadie que pasara frente a ella podía imaginar que allí permanecía la historia de un joven de 21 años cuya familia llevaba más de dos décadas intentando saber qué había ocurrido con él.
La identificación de ese cuerpo no solo puso fin a una larga incertidumbre. También demostró que la búsqueda de una persona desaparecida puede continuar incluso cuando quienes la iniciaron ya no están. En el caso de Tarsicio Quijano Zárate, el camino hacia su identificación requirió un procedimiento excepcional: la toma de muestras biológicas a su padre, quien ya había fallecido y permanecía inhumado en el cementerio de Caparrapí, otro municipio de Cundinamarca. La ciencia permitió reconstruir la información genética necesaria para devolverle un nombre a quien, durante años, permaneció registrado únicamente como un ‘NN’.
La historia de Tarsicio comenzó a cambiar en febrero de 1999. Tenía 17 años y trabajaba junto a su madre en una finca de la vereda San Cayetano, en Caparrapí, cuando integrantes de un grupo armado llegaron al lugar y fue vinculado a las filas. Desde ese momento, su familia inició una búsqueda marcada por preguntas sin respuesta y por la esperanza de volver a verlo.
Dos años después, esa esperanza encontró un breve respiro. Tarsicio logró comunicarse por teléfono con la esposa de su hermano Rusbel. Alcanzó a decir que estaba cansado de permanecer en la guerrilla y que quería salir de allí, pero que sabía que era muy complicado. La llamada se interrumpió y nunca más volvió a comunicarse con su familia.

Con el paso de los años comenzaron a aparecer versiones fragmentadas. Un exintegrante del grupo armado habló de un combate ocurrido en octubre de 2003 en la vereda El Zarzal del municipio de Topaipí, en Cundinamarca. Allí, según ese relato, Tarsicio habría muerto junto con dos mujeres que también integraban la organización armada. Los cuerpos, aseguraban quienes conocían esa historia, fueron trasladados por el Ejército hasta el municipio de La Palma e inhumados en el cementerio local. Una de las pistas condujo precisamente a la bóveda 418, identificada como ‘NN 060’.
Aquellas versiones fueron contrastadas por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) en el marco del Plan Regional de Búsqueda Occidente de Cundinamarca, a cargo del equipo de la entidad para Bogotá, Cundinamarca y Amazonas, bajo un trabajo articulado con la Dirección de Víctimas de la Gobernación de Cundinamarca, la Alcaldía de Caparrapí y el equipo psicosocial de la UARIV.
El 13 de diciembre de 2024, durante las labores de prospección y recuperación adelantadas en el cementerio de La Palma, la UBPD recuperó un cuerpo que permanecía dispuesto en una bóveda individual. En ese momento existían tres posibles hipótesis de identidad, dentro de ellas la de Tarsicio. La recuperación marcó un nuevo comienzo para la investigación, pero todavía hacía falta responder la pregunta más importante: ¿quién era esa persona?
El paso del tiempo había dejado otra ausencia. Los padres de Tarsicio, Estela Zárate y Buenaventura Quijano Mahecha, quienes durante años hicieron parte de esa búsqueda, ya habían fallecido. Sin embargo, la búsqueda no terminó con ellos.
Con la autorización de la familia y a partir de la información aportada por sus seres queridos y de los registros de la Parroquia Santiago Apóstol de Caparrapí, el equipo de la UBPD realizó un procedimiento de toma de muestras biológicas al cuerpo de Buenaventura Quijano, inhumado en el cementerio de ese municipio.

La muestra fue remitida al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses para obtener su perfil genético y compararlo con el perfil recuperado del cuerpo hallado en La Palma. El cotejo confirmó la correspondencia de identidad: el cuerpo recuperado en la bóveda marcada como NN 060 pertenecía a Tarsicio Quijano Zárate.
«La búsqueda no se detiene porque pasen los años ni porque fallezcan quienes buscaban. Cuando ya no existen familiares vivos que puedan aportar una muestra biológica, es posible acudir, bajo procedimientos técnicos y con autorización de las familias, a la toma de muestras en personas fallecidas para reconstruir la información genética necesaria y avanzar en la identificación. Ese trabajo demuestra que la búsqueda también puede trascender la muerte», explica Alberto Moreno, coordinador del equipo de la UBPD para Bogotá, Cundinamarca y Amazonas.
Pero la ciencia no fue la única que habló.
Durante la entrega digna hubo un objeto que hizo visible una memoria que nunca desapareció. Entre las pertenencias asociadas al cuerpo apareció un collar de flores. Su hermana lo reconoció de inmediato. Era el mismo que Tarsicio llevaba la última vez que lo vio. Más de 20 años después, ese pequeño objeto dejó de ser un elemento asociado a una recuperación humanitaria para convertirse en un puente entre el recuerdo y el reencuentro.
La entrega digna permitió que la familia recibiera finalmente a Tarsicio y cerrara una incertidumbre que atravesó más de dos décadas. También recordó que detrás de cada inscripción que dice ‘NN’, de cada número escrito sobre una bóveda o de cada expediente de búsqueda, existe una historia, una familia y un nombre que esperan ser encontrados.