Cuando María Antonia Machado Chinchilla volvió a recorrer las calles de San Martín de Loba, en Bolívar, nadie tuvo que preguntarle quién era. «Es la hija de la cachaca Dilia», dijo alguien apenas la vio pasar. Hacía cerca de 30 años que no regresaba a este pueblo del sur del departamento, de calor sofocante y brisa esquiva.
No les costó relacionarla con esa tierra. Ella, menuda, de tez blanca y voz aguda, empezó a caminar por el pueblo para despertar recuerdos. Correspondió saludos y sonrisas mientras señalaba las calles por donde jugaba y vendía yuca y uvitas.
«Me da mucha tristeza que, al llegar aquí, no está mi padre, no está mi madre. Eso me duele mucho. Yo me divertía mucho. Quisiera encontrar a las personas que cuando yo era niña estaban aquí», rememoró, nostálgica, a pocos pasos de la que fue su casa de infancia.

María Antonia viajó desde Bucaramanga para reencontrarse con la persona que daría sentido a ese regreso: su hermana María Gilma Carillo Chinchilla. Esta última solicitó a la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) el apoyo necesario para encontrar a su hermana. Entre ambas se atravesó el conflicto armado y las separó durante 34 años.
La incertidumbre estaba a punto de terminar. Tras una investigación humanitaria y extrajudicial, que incluyó revisar bases de datos y el apoyo de líderes y comunidades, el reencuentro era finalmente posible.
Mientras María Antonia ya había recorrido una docena de calles del pueblo, María Gilma estaba próxima a llegar. Llevaba todo un día viajando vía aérea, terrestre y, por último, fluvial. Una odisea para unir su pasado con su presente.

La mañana siguiente a la llegada de María Antonia, María Gilma, morena, de cabello negro, liso y largo, estaba a poco de un momento por el que tanto pidió al cielo. Su mente también desempolvó lugares y momentos, como un peñasco, a un costado de la cancha, donde sus amigos se acostaban después de jugar fútbol. Una operación de la vista la obliga a usar gafas oscuras, pero las lágrimas encuentran la manera de salir.
El primer capítulo de esta nueva historia entre ambas transcurrió en la Casa de la Cultura de San Martín de Loba. María Gilma pasó la puerta y se encontró de frente con María Antonia. «Mi hermanita», pronunció en voz baja la primera. Un abrazo las volvió a unir. «Esto es una bendición, oíste», prosiguió. «Gracias, Diosito, por haberme dado la oportunidad de ver a mi hermana nuevamente», reafirmó María Antonia.
Afuera hay un segundo reencuentro para ambas, el saludo efusivo y animoso de Tomás Albeiro, su primo. Con él y con el director de Cultura del municipio llegaron al cementerio e intentaron ubicar la tumba de Dilia, madre de estas hermanas. No la encontraron. Volvieron a llorar. Ninguna de las dos pudo asistir al sepelio y les pesa.

«Nunca pensé volverme a encontrar con mi hermana», compartió María Antonia. El silencio habló por María Gilmal, pero entre el contraste de emociones se saben nuevamente unidas. No hay tiempo que perder.