Las aulas del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación se llenaron. Estaban sus hijas, familiares, amigos y amigas, compañeros de vida y de camino. También llegaron personas buscadoras, organizaciones sociales y quienes, aun sin compartir un vínculo de sangre con Omar Sarmiento Delgadillo, sentían que tenían una razón para estar allí.
Todos y todas habían llegado para recibirlo. Después de más de 20 años de ausencia, Omar volvía a casa.
El 17 de julio de 2026, el silencio, los abrazos y las conversaciones fueron ocupando los espacios del Centro de Memoria. Había nostalgia. Había dolor por los años transcurridos. Pero también se sentía algo distinto, difícil de explicar y presente en cada encuentro: la alegría de saber que, después de tanto tiempo, Omar finalmente estaba de regreso.
Sus hijas estuvieron allí. También su familia y esa otra familia, la que se construye en los caminos compartidos, en las luchas, en las amistades y en los años de caminar junto a otros. Porque la búsqueda de una persona no siempre la sostiene una sola familia. A veces son muchas las personas que buscan, recuerdan, preguntan y conservan una historia para que la ausencia no termine por convertirse en olvido.

Omar Sarmiento Delgadillo, también conocido como ‘Fernando’, había permanecido desaparecido durante más de dos décadas. En abril de 2024, durante las acciones de búsqueda realizadas en el cementerio Nuestra Señora de Belén de Fusagasugá, en Cundinamarca, su cuerpo fue recuperado en un trabajo conjunto entre el equipo de la UBPD en Bogotá, Cundinamarca y Amazonas y la Fiscalía General de la Nación, en compañía de la Corporación Humanitaria Reencuentros.
Después comenzó otro tiempo de espera: el necesario para avanzar en su identificación y hacer posible su regreso junto a quienes lo habían esperado durante tantos años. La información aportada por las y los firmantes del Acuerdo de Paz también fue fundamental para avanzar en la reconstrucción de su caso. Sus aportes ayudaron a abrir caminos en la búsqueda y contribuyeron a que, finalmente, su familia pudiera recibirlo.
Ese día de julio, en el Centro de Memoria, los procedimientos quedaron en un segundo plano. Ese día Omar volvió a ser muchas cosas al mismo tiempo. Fue padre. Fue hijo. Fue hermano. Fue amigo. Fue compañero. Fue parte de una familia que lo había esperado y de otra que, sin llevar su apellido, también lo reconocía como uno de los suyos.

Quienes compartieron la vida con él, hablaron de Omar como un hombre inteligente, solidario y generoso. Recordaron su disposición para ayudar a los demás, su forma de relacionarse con la gente y las historias que dejaron huella en quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo. En medio de los recuerdos, comenzaron a aparecer anécdotas, gestos y escenas de su vida. Omar volvió a estar presente en las palabras de quienes lo conocieron.
Y esas historias tuvieron un significado especial para una de sus hijas.
Ella tuvo pocas oportunidades de conocer a su padre. Sin embargo, durante la entrega digna pudo escuchar de boca de sus amigos y compañeros relatos sobre quién había sido, cómo era, qué hacía, qué pensaba y cómo lo recuerdan quienes caminaron junto a él.
De alguna manera, también pudieron reencontrarse.

Eso fue, quizás, uno de los momentos más conmovedores de la jornada: comprender que una búsqueda no termina únicamente cuando es posible encontrar a la persona buscada. También continúa en la reconstrucción de su historia, en las preguntas que todavía necesitan respuesta y en las memorias que otras personas conservan y comparten con quienes no tuvieron la oportunidad de conocerla lo suficiente.
Por eso las aulas se llenaron.
Porque Omar no regresaba solamente para su familia de sangre. Regresaba también para esa familia social que durante años mantuvo viva su memoria. Para quienes preguntaron por él. Para quienes aportaron información. Para quienes acompañaron la búsqueda. Para quienes habían compartido con él una parte de la vida y sentían que ese encuentro también les pertenecía.
Las organizaciones de personas buscadoras y las organizaciones sociales acompañaron a la familia en este momento. Su presencia fue también un abrazo colectivo, una forma de decir que nadie debería atravesar solo el dolor y la incertidumbre de buscar a un ser querido.
La entrega digna estuvo atravesada por esa mezcla de sentimientos que acompaña tantos reencuentros después de una larga ausencia. Había lágrimas y abrazos. Había recuerdos que provocaban sonrisas. Había tristeza por todo lo que ocurrió y por los años que no pudieron compartirse.

Pero también había felicidad.
La felicidad de poder decir, después de más de 20 años: Omar ha vuelto a casa. Su regreso no borra la ausencia ni devuelve el tiempo perdido. Pero sí hace posible algo que durante años parecía lejano: volver a estar cerca, despedirlo, honrar su memoria y acompañarlo rodeado de las personas que lo quisieron.
Ese día, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, Omar fue recibido por una multitud de afectos. Estaban sus hijas. Estaba su familia. Estaban sus amigos y compañeros. Estaban las personas buscadoras y las organizaciones que han hecho de la solidaridad una manera de acompañar a quienes buscan.
Y entre todos ellos, su historia volvió a circular. La búsqueda hizo posible el encuentro. Ese día de julio, en medio de la nostalgia y de una alegría que llenó las aulas del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, una frase parecía resumir lo que sentían quienes habían llegado a recibirlo:
Omar, por fin, ha vuelto a casa.