A sus 29 años, Carlos Enrique Rodríguez era el alma vibrante de la casa. Un soñador al que le gustaba cocinar para sus sobrinos, ofrecer tinto a su madre y llenar los silencios con chistes y canciones, aunque —según sus hermanos— no fuera el mejor cantante. Su presencia sostenía la vida cotidiana con gestos sencillos y afectuosos.
Todo cambió el 21 de agosto de 2007. El día anterior había dejado la filmadora cargando para grabar el cumpleaños de su sobrino Niko. Su hermano le pasó una cerveza.
—Ahorita que vuelva me la tomo— respondió Carlos Enrique.
Nunca volvió a casa.
Durante años, Omaira, su madre, se asomaba a la calle y lo veía aparecer por la esquina de la cuadra, como si regresara después de un largo viaje. Con el tiempo, una parte de ella imaginó que seguía vivo; otra aceptó —o se permitió imaginar— que ya era, como ella misma lo decía, «parte de la tierra». En esa idea encontró algo de sosiego.
Incluso soñó que Carlos Enrique aparecía en la puerta de su cuarto y la saludaba con un leve movimiento de cabeza, como solía hacerlo. En el sueño, ella le sonreía y le respondía:
—Yo ya te encontré, hijo.

Hasta que una mañana, al escuchar la noticia, el dolor que Omaira había custodiado y contenido durante 18 años despertó desde lo más profundo de su pecho, como un monstruo indómito. Fue como regresar en el tiempo y, al mismo tiempo, poner fin a la esperanza de que algún día regresaría con vida.
Después de casi dos décadas, la noticia fue esta: habían encontrado parte del cuerpo de Carlos Enrique.
Una respuesta parcial
Después de 18 años, frente al altar que la familia había preparado en esa misma casa para la llegada del cuerpo de Carlos Enrique, Omaira recordó lo último que escuchó de su hijo:
—Ahorita que vuelva, me la tomo.
A las cuatro de la tarde, un investigador humanitario de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) llegó con el féretro donde reposaba el cuerpo de Carlos Enrique.
—Fue como mi visión cuando veía a mi hijo llegar a la casa— contó Omaira.

Tan pronto el féretro ocupó su lugar en el altar, Wilson, uno de los hermanos, colocó el anillo que había conservado durante años, aquel que Carlos le había regalado. John, otro hermano, acomodó a su lado un dibujo que Carlos le había hecho tiempo atrás, burlándose de sus rastas: «Pelos de loco», había escrito. Alexandra y Yaned, sus hermanas, decoraron el altar con flores y fotografías.
Tras la velación en casa, la familia se dirigió a las instalaciones de la Unidad de Búsqueda en Tunja para escuchar, de parte de un investigador humanitario y de una experta forense del nstituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la explicación técnico-científica asociada a la desaparición de Carlos Enrique.
Sin embargo, el cierre de esta etapa no trajo la alegría del reencuentro ni un alivio total. Fue, más bien, un choque con la realidad.
Hoy saben que se terminan las 1.000 preguntas sobre dónde está. Saben que falleció y que ya no lo esperan con vida. Aun así, el caso de Carlos Enrique revela la complejidad de la desaparición en Colombia. Una desaparición que fragmentó el cuerpo y que les permitió, ese día, recibir solo parte de él.

—No es el Carlos de la risa y la música —dice Yaned, una de sus hermanas—. Es una verdad científica: un cuerpo, una carta dental que la razón acepta, sí, pero que el corazón se resiste a reconocer.
Por su parte, la Unidad de Búsqueda asumió el compromiso de agotar sus recursos técnicos e investigativos para dar con la ubicación de lo que falta del cuerpo de Carlos Enrique.
Tras la explicación, la madre, los hermanos, la hija y los sobrinos se tomaron el día para despedirlo, con el acompañamiento psicosocial de la Unidad para las Víctimas.
Una búsqueda solitaria
La búsqueda de Carlos Enrique, sostenida por la familia Rodríguez Torres durante casi dos décadas, fue solitaria la mayor parte de ese tiempo. Su hija, sus cuatro hermanos y su madre se turnaron incansablemente para buscarlo.
—Cada vez que íbamos a Bogotá nos quedábamos un buen tiempo en la 170 —cuenta Yaned— porque nos habían dicho que allá estaba. Mirábamos a los habitantes de calle, pensando que de pronto alguno se parecía a mi hermano.
Alexandra, la hermana mayor, viajaba con frecuencia por trabajo y, a donde iba, visitaba hospitales para preguntar por cuerpos sin identificar.
—Recibimos tantos falsos testimonios: que habían encontrado su zapato, que apareció en un río… A donde nos dijeran íbamos, y casi siempre nos cobraban dinero. Al final, no le decíamos nada a mi mamá, porque ella de inmediato buscaba cómo conseguir los millones para que le devolvieran a mi hermano.

Wilson dice que ya no le gusta viajar. Era algo que hacía exclusivamente con Carlos Enrique: vivían juntos, iban a pescar.
—Para mí, ir en un bus y mirar por la ventana es como verlo a él.
También recuerda cómo atravesó el duelo en soledad desde la desaparición de su hermano:
—Al principio, cuando aún habían pasado pocos años, me desplomaba al atardecer sin importar el lugar en el que estuviera. Con el tiempo aprendí a tener una conexión distinta, muy personal con él, aunque siempre tuve la expectativa de que volviera.
En el trasegar de su búsqueda, la familia encontró el acompañamiento de la organización Vida, Memoria y Dignidad, que apoya a familias como la de Carlos Enrique: buscadores incansables que exigen respuestas del Estado sobre el qué y el dónde de sus seres queridos desaparecidos.
Hace más de un año, la familia Rodríguez Torres recibió una llamada del Instituto de Medicina Legal. En el proceso de identificación del cuerpo de Carlos Enrique, que reposaba en las instalaciones del instituto, habían hallado una posible coincidencia que debía verificarse.
Fue entonces cuando John, su hermano, se acercó a la Unidad de Búsqueda en Tunja para pedir ayuda e insistir en la entrega del cuerpo de Carlos Enrique, así no estuviera completo.
A partir de ese momento, la Unidad de Búsqueda se articuló con Medicina Legal para apoyar con las acciones de participación de la familia Rodríguez Torres. De esta manera se adelantaron los procesos técnicos, humanitarios y de acompañamiento que permitieron abrir espacios de diálogo con la familia, impulsar el proceso de identificación y hacer posible la entrega digna.

—Uno cree que el tiempo pasa, y no —dice Yaned durante la entrega digna—. Nos devolvieron al pasado. El tiempo ha pasado, pero el dolor es como el de hace dieciocho años.
Para la familia Rodríguez Torres, este momento no es un cierre ni una sanación completa. Es, paradójicamente, un nuevo comienzo. Comienza ahora el duelo por su muerte y, al mismo tiempo, la búsqueda de lo que falta del cuerpo. La Unidad de Búsqueda asumió el compromiso de continuar las acciones investigativas y técnicas para acompañar a la familia en este proceso.
John, su hermano, lo resume así:
—Sabemos que está muerto y que está acá. Que no volverá con vida, y eso nos permite tener esa certeza. Pero nuestra búsqueda continúa.
Aquella tarde en que despidieron a Carlos Enrique en la casa familiar, el altar permanecía rodeado de fotografías, flores y recuerdos. Frente al féretro estaba el anillo que Carlos había regalado a su hermano, el dibujo que había hecho para burlarse de las rastas de John y, a un lado, la cerveza que había prometido tomarse cuando regresara aquella noche de agosto de 2007.
La misma que su madre guardó durante 18 años y que finalmente pudo dejar frente a él.
—Ya puedes tomarte tu cerveza.