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Inicio > Especiales > Encontrar es un verbo que alivia: diario de una recuperación

Foto: equipo de la UBPD en Nariño.

Por: Lilibet Zamora y Carolina Revelo R.

En la cordillera occidental del departamento de Nariño, al sur de Colombia, se ubica Santacruz de Guachavés, un municipio que pertenece a la Subregión de los Abades. Ahí nace este especial que narra el proceso de recuperación de 6 cuerpos de personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado colombiano que por décadas estaban esperando retornar a sus familias y territorios.

Foto: equipo de la UBPD en Nariño.

Este es un diario que se escribió cada noche y por 8 días consecutivos para contar qué se siente y cómo se vive montaña adentro la fragilidad del ser humano en medio de la guerra que ha dejado profundas heridas en la comunidad y en el Pueblo Indígena Awá.


Equipo de profesionales que hicieron parte de la acción humanitaria en Santacruz:

Lilibet Zamora, investigadora; Natalia Giraldo, antropóloga líder; Natalia Bustacara, antropóloga; Eneida Rojas, topógrafa; y Arley Jaramillo, conductor.


La mañana luminosa con una luna encunada nos levanta augurando buenos vientos. Hemos atravesado un nudo de montañas, una cima enorme entre las “costillas del diablo” y el río Cristal. He vuelto a cruzar Las Piedras y La Cuchilla, no sin dejar de recordar el primer día que llegué a este lugar; con ilusión subí las montañas, acomodando una a una las fotos de los rostros de las personas desaparecidas que busca la Organización Asvisuv (Asociación de Víctimas de Desaparición Unidas por la Verdad). 

Ese día quizás, se amarró un pedazo de ombligo aquí y se estrechó un vínculo con un territorio, eso es algo que frecuentemente me pasa con lugares de los cuales soy originaria.

Llegamos al límite del Resguardo Indígena Awá El Sande. Aquí recordé la tragedia que atravesaba la comunidad hace tan solo algunos meses cuando un grupo armado voló el puente de El Socorro para reafirmar su presencia en el territorio. En este camino, seguimos avanzando hasta cruzar La Barazón, El Madroño y llegar así a uno de los corazones del resguardo: La Vereda el Sande en el Municipio de Santacruz de Guachavés – Nariño en la subregión de los Abades. 

Esta historia transcurre aquí. Interactúa con el mapa para conocer más acerca del territorio.

Cruzo con la confianza que da un terreno antes pisado, antes caminado. Lo que no esperaba, encontrar personas con fusil. Nos fuimos acercando a la farmacia de Don Ramiro y un joven que no tenía los 20 años, nos saludó mientras sostenía su arma en el hombro. Reafirmó una vez más que venir a este territorio junto al grupo de antropólogas, es un logro más y con quienes esperamos regresar con los cuerpos de las personas dadas por desaparecidas en medio del conflicto, las que han esperado por 16 años el encuentro con sus familias.

Saludé a algunas personas, me presenté, les di la mano; pregunté por los almuerzos, fui al baño y los vi barrer la cancha con escobas, eran como entre 10 y 12 personas. Unos minutos después, mientras hablo con una mujer de ojos claros, me entero que al día siguiente, habría un homenaje a un “compañero” el cual había fallecido hace un año atrás. Sentí alivio por no haber aplazado este ingreso al territorio.

La sonrisa de Alirio y Francisco, los dos guardias indígenas que nos acompañan en este momento, me dan seguridad, tranquilidad y confianza. Así llegamos a la escuela y supe que mi memoria me traiciona. No recuerdo una escuela de dos pisos con cancha y billar. Sin embargo, al ver a don Vicente, vino a mi mente su sonrisa y su mirada; eso recompensó mis confusiones geográficas.

El equipo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) preparándose para subir las montañas de Santacruz de Guachavés. Foto: equipo de la UBPD en Nariño.

La montaña se ilumina con un sol naranja, se pierde entre una nube y otra aquí en este territorio olvidado y resistente a la guerra y a la pobreza. Nos vamos a dormir entre el cansancio del recorrido y el calor de la tarde. Yo, concilio el sueño y mi corazón está agradecido por el trabajo realizado. 

Esa noche, soñé viendo a un grupo de personas en una fotografía antigua, era una celebración; no recuerdo sus rostros. ¿Por qué no pensar que este sueño podría ser el anuncio de algo parecido?

Caminamos 50 minutos acompañados/as por el río Vargas el que navega por el costado derecho del camino. La memoria se fue activando y fui recordando que el 10 y 11 de febrero de 2023, en medio de una minga y del trabajo comunitario, logramos llegar a este lugar. Así es.Tuvo que pasar más de un año para poder regresar, para poder volver. La reconfiguración de la guerra se nos interpuso y por eso, no habíamos logrado llegar antes.  

Los días han sumado en la espera de Liliana y de las señoras Blanca y Luz Angélica.

Fue grato volver a la tierra, a la pala. Estar acá le hace sentido a mi ser, renueva los sueños que se han venido construyendo con los días; son los sueños de seguirles encontrando. 

Palas, picas, asador, rastrillo, cintas, sintela, cinta métrica, regletas, claqueta, todo se confunde entre la greda amarilla y roja que saca don Vicente, también Geovanni y Juan Carlos, los trabajadores que hoy nos ayudan a bajar 0,83 metros para encontrarles. 

Caminos y montañas por las que cruzaron el equipo de la Unidad de Búsqueda y la comunidad local durante esta acción humanitaria. Foto: equipo de la UBPD en Nariño.


Escucha el testimonio de una guardia indígena de la comunidad Awá.


Son el mismo don Vicente y  Geovanni quienes hace 16 años, desataron de unos palos los tres cuerpos amarrados, torturados. Ellos limpiaron sus cuerpos, los vistieron y pidieron permiso al lugar para enterrarlos. Hoy con más años de vida, nos ayudan a recuperarlos de nuevo. Yo me pregunto ¿qué sentirán? Hoy están acá con nosotras/os abriendo una fosa para ver esos cuerpos que en medio de la zozobra y el miedo, quisieron salvar del olvido, entregándoles un poco de dignidad.

Gracias a ellos estamos en este punto, en esta búsqueda que a las 10:20 a.m. nos regala la primera ilusión, nos dice que vamos por buen camino y que los hemos encontrado. Supongo que las almas de Iban, Óscar y Edgar están agradecidas con estos campesinos que no les olvidaron y que ahora, cierran esta labor de custodiar sus cuerpos para salvar el dolor que habita esta montaña deforestada.

Para mí es inevitable no celebrar este momento y sentir gratitud con el territorio; agradecer los tiempos y el ritmo lento y seguro que nos ha traído hasta aquí. Espero que los familiares en sus casas sientan que cada vez está más cerca el momento de poder despedirse dignamente de sus hijos, de su esposo y del padre que no se conoció y honró. ¡Me siento viva! Miro la montaña, escucho crujir el río, siento la brisa en la cara, duelen los pies; late el corazón.

Despierto buscando un baño; agua fría para refrescarme; he pasado una noche en donde se hizo presente el temor y algo de incertidumbre. 

Deambulo buscando a la guardia indígena para saberme respaldada y me encuentro con un cielo estrellado en toda su inmensidad, aún está oscuro y en la cima de la montaña, veo una luna acunada, clara e iluminada. Ese cielo me regala una estrella fugaz que me recuerda lo insignificante de mi presencia en este espacio, para sentir la magnitud de la naturaleza y para hacerme esa promesa de seguirles buscando en este resguardo; esa promesa que me anima y espero me ayude a mantenerme en este momento de vida.

Nunca supimos si en la noche “habían entrado a vernos”, o si lo que escuchamos hacía parte de la economía del lugar o que eso tenía que ver con una reafirmación de poder. 

La luz y su acompañamiento fueron importantes para esta acción humanitaria en Nariño. Abrió caminos y llenó de esperanza. Foto: equipo de la UBPD en Nariño.

La caminata es más rápida, más fluida, siento que mis pies saben con certeza a dónde van y a qué. Me emociona llegar al cementerio, saber que hoy saldremos con tres almas que esperan poder tener alivio. Me emociona ver a las chicas haciendo aquello que sé que les mueve el corazón; verlas con palustre escarbando la tierra, con sus exploradores detallando cada hueso, explorando en estos cuerpos todo lo que saben y no es posible hacer desde el escritorio. En el mejor de los casos, han esperado tres meses para este momento y me regocija contribuir a la alegría de sus corazones. 

Es cierto que cuando podemos hacer aquello por lo que vibramos, nuestro cuerpo y mente encuentran equilibrio. Noto experiencia y también el temor a equivocarse, supongo que las presiones son muchas, pero veo en ellas una gran curiosidad.

Lilibet Zamora, investigadora humanitaria de la UBPD en Nariño, sobre la intervención forense.

Repaso los apuntes, los relatos. Miro la matriz, veo las fotos, las presentaciones una y otra vez, pregunto y vuelvo a preguntar. Quiero poder encontrarles lo más pronto posible, que las piezas encajen, que me digan ¿quién puede ser?, ¿qué hacía?, ¿con quién vivía?, ¿de donde será?; poder sumar algo nuevo que nos abra un camino a la llegada de otros sitios, de otras familias que están esperando a sus seres queridos. Las mariposas pasean mientras las compañeras miden, exploran, abordan uno a uno los cuerpos.

El médico nos invita a sentir. -¿Escuchan?- dice. –Escuchan sus almas, suenan el río y los pájaros-, y él dice de nuevo -¿escuchan lo que está pasando?-. -Las almas están yendo a descansar-, señala. –Ahora lo que queda es que la familia pague una misa bonita, para despedirlos y que se vayan.

Yadira ha esperado para que otra mujer tan humilde y sencilla como esta, hable y tome fuerza después de la palabra de la guardia para darnos las gracias. Su voz me abre un mundo, me eriza la piel. Me aprieta las manos entre la dignidad que me despierta y la tristeza que se cuela en su garganta y nace de sus ojos. Me mira y me da las gracias, supo haberlo hecho; siento que el corazón se hincha y que los caminos cobran sentido.

Equipo forense de la UBPD en labores de recuperación de cuerpos en la vereda Madroño de Santacruz de Guachavés. Foto: equipo de la UBPD en Nariño.

En este preciso instante, agradezco al río, a los espíritus de la montaña, a los rostros de estos hombres y mujeres que nos han acompañado y de quienes siento su confianza, cariño y protección. Somos de esos montes donde no nacimos, pero que el ombligo y la palabra halan en medio de las pisadas diarias, ahí, echamos raíces y construimos las vivencias.

Un sexto hallazgo nos dice que este es el camino de la búsqueda, uno en donde procuramos que las personas desaparecidas vuelvan a tener rostro y que se les nombre. Ella es una mujer que desapareció en medio del conflicto, uno que ha surcado estas montañas. La hemos encontrado en este predio que hace más de 10 años fue un cementerio comunitario. Un cajón de rústica madera la ha resguardado durante todo este tiempo. También nos hace ilusión que regrese a casa.

Entonces, esta es la oportunidad única para agradecer una vez más el camino, lo andado, lo luchado, lo tejido, lo construido individual y colectivamente. Agradecer a este equipo de mujeres aguerridas, inteligentes y valientes que dejan sus casas y sus responsabilidades para trascender en un territorio desconocido. Que este pequeño gran logro nos junte, nos impulse y renueve las energías que motivan nuestra presencia en este lugar, en nuestro paso por esta apuesta de buscar y encontrar.

Lilibet Zamora, investigadora humanitaria de la UBPD en Nariño, sobre los retos tras la intervención.

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