Un recorrido por la memoria trans
Así vivimos el Recorrido de la Memoria Trans, una experiencia que nos llevó por las calles de la localidad de Santa Fe, en el centro de Bogotá, para reconocer las historias de violencia, resistencia y lucha de las personas LGBTIQ+, desde la colonia hasta el presente.
Las brochas recorrían los rostros con la misma delicadeza con la que se acomoda un recuerdo. Había vestidos blancos, faldas rojas, pelucas negras, cintas métricas, lentejuelas, flores, tacones, maquillaje sobre las mesas y un ir y venir de manos ayudando a cerrar cremalleras o acomodar coronas de flores. Antes de salir a la calle no parecía que estuvieran preparando una obra de teatro. Parecía un ritual.
Durante semanas ensayaron cada movimiento. Investigaron documentos, conversaron sobre la historia de las mujeres trans en Colombia y en Bogotá y eligieron los lugares exactos donde esa historia debía volver a contarse por las calles del centro de la capital. No querían representar un espectáculo. Querían que las vías hablaran.
Afuera las esperaba Santa Fe.
Pocas localidades condensan tantas memorias de Bogotá como esta. En sus calles conviven el Centro Histórico, universidades, plazas, edificios patrimoniales, el Cementerio Central y lugares que durante décadas acogieron a personas trans cuando otros barrios las expulsaban. Allí también se tejieron redes de cuidado, aparecieron liderazgos y se construyeron luchas por el reconocimiento de sus derechos. Por eso este recorrido no podía ocurrir en otro lugar.
Una cámara comenzó a grabar incluso antes del primer paso. Otra esperaba más adelante. Todo el recorrido sería registrado para construir un documental performance que conservará esta memoria colectiva y en la que el público sería parte importante del show.
Entonces salieron.
Ese ruido que mezcla los pitos de los buses, los gritos de los vendedores ambulantes y el sonido de los motores de los carros no cesaba. Bogotá siendo Bogotá. Pero algo empezó a cambiar cuando aquellas mujeres atravesaron las calles vestidas de blanco, rojo y negro. Algunas sostenían flores. Otra cargaba una calavera. Un megáfono rompió la rutina de los transeúntes e invitó a detenerse.
La ciudad, por unos minutos, dejó de caminar para mirar.
La primera estación estaba en la carrera 13 con calle 19.
Cinco mujeres ocuparon el andén como si siempre les hubiera pertenecido. Los vestidos largos ondeaban con el viento de la mañana mientras los curiosos salían de los locales para intentar comprender aquella escena. Sobre el pavimento aparecieron flores y un pequeño altar. El performance comenzó mucho antes de pronunciar la primera palabra.
El viaje era hacia atrás.
Hasta un tiempo en que los pueblos indígenas reconocían múltiples formas de vivir el género y la sexualidad. Después llegó la colonia, la imposición religiosa y la idea del pecado. Más tarde, la persecución se convirtió también en ley. A finales del siglo XIX el Código Penal colombiano castigó las relaciones entre personas del mismo sexo con penas de prisión. Décadas después, la homosexualidad siguió siendo considerada un delito y una desviación moral por la legislación del país.
Las actrices no necesitaban explicar esa historia.
La hacían cuerpo.
El recorrido continuó por calles levantadas en polvo debido a las obras del metro. El grupo avanzaba lentamente entre flores, tacones y curiosos que decidían seguir la caminata.
En la siguiente esquina comenzaron a aparecer afiches con rostros. Eran fotografías que preguntaban por personas ausentes.
Una mujer, vestida de azul, tomó el micrófono.
No habló únicamente de discriminación. Habló de adolescencias interrumpidas, de bares clandestinos, de redadas policiales, de juventudes obligadas a esconderse y de una guerra que convirtió a muchas personas LGBTIQ+ en sospechosas por existir. Mientras el conflicto armado se intensificaba entre finales de los años cincuenta y la década del setenta, las detenciones arbitrarias, las persecuciones y los abusos policiales hicieron parte de la vida cotidiana de quienes habitaban estos territorios. Pero también empezaban a surgir los primeros colectivos que se negaban a seguir viviendo en silencio.
Los aplausos llegaron cuando terminó la escena.
No eran aplausos para una actriz.
Eran para una historia que durante mucho tiempo nadie quiso escuchar.
La Casa LGBTI Diana Navarro apareció unos metros más adelante.
En la esquina esperaba un improvisado puesto de periódicos. Había café caliente servido en pequeños vasos y voces que gritaban como antiguos voceadores de prensa:
—¡Última hora! ¡Última hora!
Las noticias nunca eran buenas.
Cada titular recordaba una época marcada por el Estatuto de Seguridad, las detenciones arbitrarias, la violencia ejercida desde distintas instituciones y el miedo que obligó a muchas personas activistas a abandonar el país. Mientras una actriz sostenía un ejemplar del periódico y otra amplificaba la escena con un megáfono rojo, varias mujeres tomaban la palabra para contar la historia que avanzaba entre malas noticias y pequeñas victorias: en 1980, la homosexualidad dejó de ser un delito en Colombia, aunque la violencia continuó; pocos años después comenzaron a hacerse visibles los primeros casos de VIH, profundizando la estigmatización social; al mismo tiempo, nació la primera Marcha del Orgullo y la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de la lista de enfermedades en 1990.
Las mujeres repartían café.
Como si compartir una bebida caliente fuera también una forma de resistir.
El Parque Santa Fe cambió completamente el ambiente.
La música reemplazó el silencio.
Dos mujeres indígenas trans provenientes de la Amazonía comenzaron una danza tradicional. Sus pies descalzos parecían responderle al cemento con los movimientos que alguna vez aprendieron en sus territorios.
No bailaban únicamente para recordar de dónde venían.
También bailaban para contar por qué muchas tuvieron que irse.
Durante los años más intensos del conflicto armado, la violencia contra las personas LGBTIQ+ alcanzó uno de sus momentos más críticos. Amenazas, desplazamientos, asesinatos y desapariciones convivieron con la consolidación del paramilitarismo. Años después, la Ley de Víctimas, las sentencias de Justicia y Paz y la creación de la Subcomisión de Género en los diálogos de La Habana comenzaron a reconocer esas violencias y a abrir un camino hacia la verdad y la reparación.
El baile terminó entre aplausos.
No había nostalgia.
Había dignidad.
Más adelante, una pared cubierta con fotografías detuvo el paso de todos.
Decenas de rostros observaban desde el ladrillo.
Mujeres trans que un día salieron y nunca regresaron.
Una actriz, envuelta en un vestido blanco de larga cola, caminó lentamente hasta arrodillarse frente a las imágenes. Sus manos parecían acariciar el aire. Alrededor había flores dispersas sobre el suelo.
Nadie hablaba.
Era quizá la estación más emotiva, que clamaba justicia, que gritaba ausencia y que a su vez se hacía silenciosa en medio del recorrido.
Porque la desaparición tiene esa capacidad de quitarle palabras incluso a quienes llevan horas narrando.
El Cementerio Central apareció como una pausa inevitable.
La cera acumulada por miles de velas encendidas marcaba el piso. Allí, donde reposan personas dadas por desaparecidas y donde tantas familias siguen buscando respuestas, la puesta en escena habló del exilio, de la migración y de quienes tuvieron que abandonar sus hogares simplemente para seguir con vida.
El recorrido terminó en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación.
Los tacones descendieron lentamente por las escaleras.
En el Jardín de la Memoria, rodeadas por las cartas que familiares escribieron a las personas que siguen buscando, las mujeres trans realizaron la última escena.
Ya no hablaban del pasado.
Hablaban del futuro.
De construir cuerpos seguros. De hacer de las calles un territorio donde nadie tenga que esconder quién es. De un país donde ninguna mujer trans desaparezca sin dejar rastro y donde cada ausencia encuentre, al menos, un lugar en la memoria colectiva.
Cuando terminó el performance, las cámaras siguieron grabando.
Porque el documental registrará lo que ocurrió ese día.
Pero quienes caminaron aquellas calles saben que hubo algo imposible de capturar por completo: la sensación de que, por unas horas, Santa Fe dejó de ser únicamente un lugar de paso para convertirse en un escenario donde la memoria volvió a caminar sobre tacones, flores y voces que se niegan a desaparecer.
Nota: este recorrido-performance fue posible gracias a un esfuerzo conjunto entre la Dirección de Diversidad Sexual, Poblaciones y Géneros de la Secretaría Distrital de Planeación de Bogotá, Caribe Afirmativo y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).
Cada una de las paradas propuso un viaje por los distintos períodos del conflicto armado colombiano, siguiendo la periodización abordada por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad. El capítulo sobre personas LGBTIQ+ de la Comisión fue el punto de partida para investigar, crear, jugar y especular con estas memorias, llevando sus historias a las calles y convirtiéndolas en cuerpos, voces, movimientos y preguntas sobre la desaparición, la violencia y las múltiples formas de resistencia.