«El día que la Unidad de Búsqueda me entregó el cuerpo de mi hijo, yo tenía una sensación muy rara. Era como un estado de calma y bienestar falso. Me sentía en el aire, volando, igual que mi presión que pasaba de 180/110″. Así comenzó María a relatar la historia que vivió con la desaparición de su hijo. Un dolor que le sofocó la vida y le abrió un cráter en el pecho que permaneció drenando angustia por más de 16 años.
Hay búsquedas que comienzan con una pregunta, ¿Dónde está? Otras comienzan por el vacío que deja la ausencia de alguien a quien se extraña. La de María comenzó hace más de 16 años, el día en que el conflicto armado le arrebató a su hijo. Un joven trabajador, de esos que encuentran en la familia su lugar favorito en el mundo. Un hijo amoroso, presente, risueño, dedicado a los suyos. Un muchacho con sueños sencillos y una vida que empezaba a escribir sin prisa.
Pero un día él ya no estuvo. Ese instante le dividió en dos tiempos la vida a María: el tiempo que lo disfrutó y el tiempo en que comenzó a buscarlo. Los años pasaron uno tras otro. Empezaron a aflorar las preguntas sin respuesta, los caminos recorridos, el dolor intenso, las puertas tocadas, los rumores, las versiones incompletas y las largas noches de desvelo imaginando dónde podría estar. La incertidumbre se convirtió en una carga silenciosa que hacía más pesado cada día, pero no logró apagar lo único que la mantenía de pie: la esperanza de encontrarlo.
No importaba si era enero o diciembre. Tampoco cuántos años hubieran pasado ni cuántas puertas hubiera tocado. La pregunta seguía allí, intacta, acompañándola en silencio. ¿Dónde está mi hijo? La incertidumbre se convirtió en una compañera de viaje. Caminó con ella durante década y media, ocupando los espacios de la casa, de las conversaciones familiares y de los pensamientos que llegaban antes de dormir. «Una madre jamás olvida a su hijo, aunque no esté. Pero perdonar ayuda a sanar la herida», pensaba María.
Las personas buscadoras y en especial las madres conocen un lenguaje que pocas personas comprenden. Es el lenguaje de quienes aprenden a cohabitar con una silla vacía en la mesa, con un rostro en la mente o una fotografía que nunca envejece y con la necesidad profunda de seguir buscando aun cuando el tiempo parece avanzar en dirección contraria. María nunca dejó de hacerlo. Buscó durante años, cuando las respuestas parecían imposibles, cuando el cansancio se acumulaba en el cuerpo, incluso, cuando otros pensaban que ya era suficiente y siguió buscando.
La solicitud para buscar el hijo de María llegó a la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) a través de un diálogo colectivo en territorio, mucho después de haber tocado otras puertas. Una nueva ventana se abría y con ella, la esperanza se fortalecía, ya no buscaría sola. María acudía a todo evento donde suponía la presencia de funcionarios de la UBPD, para insistir en su solicitud. Sabía que muchas familias en Colombia estaban pasando por un dolor similar al suyo y que todas las personas desaparecidas merecen ser buscadas. Se sintió egoísta, pero pensaba en aliviar ese dolor que le taladraba el corazón y su intuición de madre susurrando al oído que no podía parar la búsqueda.

«Hubo un tiempo que me derrumbé, desconfiaba de todo, sentía que no avanzaba e intentaba perder la fe y eso me dolía mucho más, habían pasado más de 10 años sin noticias. Un día me contactó alguien de la Unidad de Búsqueda de Valledupar por medio de la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ), una ONG que me ha acompañado en el proceso, entonces retomé la búsqueda con el apoyo de la CCJ y la UBPD«. Esta vez el tono de voz de María sonó con firmeza.
El hijo de María vivía en el hogar de sus padres en Fusagasugá, un municipio de Cundinamarca, desapareció el diciembre del año 2007 estando en Cúcuta, la capital de Norte de Santander, donde había llegado de paso a comercializar ropa. Su cuerpo fue recuperado junto a otras estructuras óseas en una zona a campo abierto que pertenece a un cementerio alterno del municipio de El Copey, en el departamento del Cesar. A ese lugar apuntó la investigación adelantada por servidores de la Unidad de Búsqueda, dentro del Plan Regional de Búsqueda Del Ariguaní al río Magdalena, quienes atendieron la solicitud, escucharon la historia y construyeron, junto a María, las huellas que el tiempo había dejado dispersas en un trayecto de más de 1.100 kilómetros durante 16 años.
La acción humanitaria permitió reunir información, contrastar datos, dialogar con personas, recorrer territorios y adelantar múltiples tareas encaminadas a responder la pregunta que había acompañado a María durante todo ese tiempo: ¿dónde estaba su hijo? El cuerpo fue encontrado un terreno transformado por labriegos, el trasegar de maquinarias y las transformaciones constantes de la naturaleza con el tiempo.

«Yo estaba presente cuando lo encontraron, pensaba que lo iba a encontrar en una bóveda y no, estaban varios cuerpos tirados en la tierra, en fila, desnudos los huesitos, había varias capas de huesos». En ese instante del diálogo, María bajó la mirada al piso por un tiempo, a la vez que su voz se detuvo.
En zonas rurales de Colombia, la tierra ha guardado durante años historias que el conflicto dejó enterradas. Personas que fueron arrebatadas de sus hogares, muchas de estas, sin tener vínculos con el conflicto armado. A campo abierto y a pocos metros de profundidad, en medio de la vegetación propia de los suelos de clima ardientes, fueron recuperados 52 cuerpos que habían sido inhumados como no identificados, entre ellos el hijo de María.
«En ese momento sentí una cantidad de emociones aterradoras, me temblaban las piernas, los brazos, se me durmieron algunas partes de mi cuerpo, se me fue la voz y las fuerzas. Me enfermé», narró María con tono triste y pausado.

Tejiendo la esperanza de quienes hacen falta
Para María, conocer el paradero de su hijo no le borró la ausencia, ni los años de incertidumbre. Obtener la respuesta que buscaba no le devolvería el tiempo perdido, ni compensaría el llanto derramado, las noches de insomnio o el dolor causado a su familia. Sin embargo, le permitió cerrar un ciclo que la atormentó durante 16 años y transformar esa experiencia vivida en algo extraordinario. Tomó unas agujas, unas madejas de lana y comenzó a tejer. Transformación que le ayudó a mitigar el dolor de la ausencia y curar los constantes episodios de ansiedad que empezaron a aparecer.
Las manos de María nunca están quietas. Mientras conversa, recuerda. Mientras recuerda, teje. Y mientras teje, parece que fuera nombrando una a una a las 137.000 personas que aún hacen falta en Colombia. Cifra del Universo de Personas Desaparecidas según la UBPD. Sus dedos van creando pequeños zapaticos de colores, caben en la palma de una mano, tienen cordones diminutos, tejidos con paciencia y amor. Todos distintos y cada uno representa la esperanza de una familia que anhela recibir respuesta de su ser querido.
Es un homenaje colectivo a miles de personas desaparecidas, cada pequeño zapatico representa una vida, una historia, una familia, una ausencia. Ha tejido más de 6.000, son 6.000 memorias sostenidas por sus manos. 6.000 formas de decir que ninguna persona desaparecida debe ser reducida a una cifra, porque cada zapatico tiene un nombre y detrás de ese nombre, hay madres, padres, hermanos, hijos, amigos y comunidades enteras que continúan esperando respuestas.

Quienes conocen a María dicen que cada vez que habla de su tejido, sus ojos se iluminan. No porque haya olvidado lo vivido, sino porque encontró una manera para solidarizarse y ayudar a otros a buscar. Sus zapaticos viajan con ella, van a encuentros de memoria, acompañan actos de reconocimiento y dialogan silenciosamente con otras familias buscadoras, les hablan de amor, de resistencia y perdón. Les recuerdan que no están solas, que la búsqueda es colectiva, que existen caminos para encontrar respuestas y que aún en medio de la incertidumbre es posible construir esperanza.
La de María no es una historia sobre una madre vencida por la ausencia, es el retrato de miles de mujeres en Colombia, que han hecho de la búsqueda un acto cotidiano de amor. Que han recorrido montañas, caminos, ríos, oficinas y cementerios. Que han sostenido la memoria cuando parecía que todo invitaba al olvido. Gracias a ellas, muchas búsquedas han comenzado y más de 5.000 personas han sido encontradas por la Unidad de Búsqueda. Un día levantaron la voz y preguntaron: «¿Dónde estarán?».
El mundo aprendió que buscar no es solamente localizar a alguien. Es dignificar, es reconstruir historias, es reconocer que cada persona desaparecida sigue ocupando un lugar irremplazable en la vida de quienes la aman.

Mientras exista una persona dispuesta a recordar, a aportar información o a emprender el camino de la búsqueda, siempre habrá razones para mantener viva la esperanza de encontrarles. María decidió responderle al dolor con memoria, a la incertidumbre con búsqueda y a la ausencia con esperanza. «Me siento más tranquila porque mi hijo está en lo que yo llamo su casa final, todos los domingos le llevo flores, le hablo, le digo cuanto lo amo y la falta que me hace. He empezado a orientar a otras personas para que acudan a la Unidad de Búsqueda, para que no busquen solos, porque es muy difícil. Sigo tejiendo zapaticos como símbolo de solidaridad y agradecida con Dios y la Unidad de Búsqueda por lo que hicieron por mi familia», concluyó.
En el Cesar, la cifra de personas desaparecidas supera las 4.600, más de 1.000 desaparecieron en Valledupar, ciudad que posee una inmensa riqueza cultural y poética como expresión identitaria, narrando alegrías, dolores y ausencias. La invitación que hace la UBPD es para aquellas personas que buscan a sus seres queridos desaparecidos en razón y contexto del conflicto armado, antes del primero de diciembre de 2026, puedan hacer sus solicitudes de búsqueda en la oficina ubicada en la calle 12 # 5 – 45 del (barrio Novalito en Valledupar) o a través de las líneas telefónicas 3167444722 y 3165243128. Todos los trámites son gratuitos, no tienen consecuencias judiciales y no requieren intermediarios.