En los cementerios, el tiempo camina distinto. Allí el sol se retrasa y cae más despacio, el viento pierde fuerza y caminar es un ejercicio de equilibrio que debe hacerse con mucho cuidado, como si la tierra escuchara y exigiera prudencia. En medio de cruces agobiadas, lápidas gastadas y senderos ocupados por maleza, hay personas que cuidan cuerpos para que otros puedan descansar y para que quienes buscan alivio al dolor encuentren un lugar donde llorar sin miedo y con libertad.
María Virginia es tanatóloga forense y guardiana de una tarea que sostiene la búsqueda y la dignidad humana incluso después de la vida, conoce bien ese entorno. Nació en San Juan del Cesar y se siente orgullosa de su esencia guajira, allí ha vivido más de cuarenta años. En ese mismo suelo —dice con convencimiento— espera reposar cuando su vida se desconecte de este mundo. Tal vez por esa cercanía su relación con la muerte no es distante ni fría: es íntima, respetuosa y humana.
Inhumar y exhumar cuerpos no es un trabajo que aparezca en portafolios de ofertas empresariales ni en listas de empleos soñados. No tiene horarios fijos, salarios atractivos, días de descanso, ni reconocimiento público. Es una labor que exige disponibilidad permanente. Las obligaciones implican: practicar necropsias, recoger cuerpos en circunstancias difíciles, limpiar el cementerio, abrir y cerrar tumbas, enfrentar olores, silencios y preguntas que no siempre tienen respuesta. Pero, sobre todo, exige una fortaleza emocional que no se aprende ni en manuales ni en la academia.
Por eso quienes llegan a este trabajo no lo hacen por elección, sino por vocación. Porque alguien tiene que hacerlo. Porque alguien debe salvaguardar el ritual último de despedida, alguien tiene que cuidar esas historias que se van quedando sembradas en recuerdos que no prescriben. La tanatología forense, la ciencia que estudia la muerte y sus circunstancias desde una mirada médica y judicial, ha sido históricamente ejercida por hombres. En gran parte del país, son pocas las mujeres que han ocupado este espacio, no solo por la dureza física del trabajo, sino por los prejuicios que rodean a la muerte y a quienes se acercan a ella. María Virginia es una de esas excepciones que rompió ese molde sin hacer ruido.
Ella sabe que la muerte no es un instante, sino un proceso. Un tránsito que depende de la intensidad de la agresión que lo provoca y que se desarrolla en fases, como una desestructuración progresiva del organismo que deja de funcionar como unidad. Pero más allá de las definiciones técnicas y académicas, María Virginia entiende algo que no aparece en los libros: cada cuerpo tiene una historia y cada historia merece ser preservada con una solemnidad distinta, no porque se categorice a la persona muerta, sino porque se le debe brindar respeto a todas dependiendo su enfoque diferencial.
Los cementerios no son solo lugares de cuerpos, sino de memorias. Allí llegan padres, madres, hijos, esposas, esposos, hermanos y demás familiares, con preguntas, con rabia, con culpa, con esperanza. Muchas veces, ella no tiene respuestas. Pero tiene presencia y paciencia. Y eso basta. En su rutina diaria escucha sin apuro, sin interrumpir, acompaña en silencio, explica con palabras sencillas, se sostiene en píe, aunque sus fuerzas le flaqueen y soporta dolores como el de una madre frente a una tumba abierta de su hijo.

En contextos de búsqueda, su papel se vuelve aún más delicado. Cuando una exhumación no es solo un procedimiento, sino la posibilidad de descubrir la identidad de alguien que se ha buscado por años. Cuando abrir la tierra es también abrir una herida que sangra. Allí, María Virginia no solo trabaja con restos humanos: trabaja con el sufrimiento vivo de quienes esperan saber de su familiar. Su labor se convierte en un puente entre la ciencia y la dignidad, entre el derecho a la verdad y la necesidad de enfrentar el duelo.
El cementerio del municipio de San Juan del Cesar en La Guajira, el que ella cuida, habla de dolor y de paz. Hay tumbas sin nombre, lápidas rotas, cruces improvisadas, senderos que el tiempo intenta borrar. Pero también hay flores frescas, espacios limpios y despejados y, antecediendo a todo ello, en la parte exterior una enorme plazoleta recién remodelada. Personas como María Virginia sostienen estos espacios como lugares de memoria, alejándolos de los depósitos de olvido.
La tanatología viene del griego thanatos, muerte. Pero en manos como las de ella, la muerte no es solo el final: es tránsito, es pregunta, es oportunidad de cierre. En los casos de muertes violentas o sospechosas, donde hay señales de intervención externa, su trabajo adquiere un peso ético. Cada procedimiento debe hacerse con rigor, pero también con humanidad, porque detrás de cada cuerpo hay una familia que no ha dejado de buscar. Aunque recibe más elogios que reclamos por su trabajo, María Virginia no se cree heroína. «Solo hago mi trabajo, lo que debo hacer, en un acto cotidiano de compasión», sostiene. Es el soporte para que otros descansen, para que los vivos alivien su sufrimiento y puedan continuar.

En un país como Colombia, marcado por la ausencia y la búsqueda de 135.396 personas desaparecidas, su labor es un aporte valiosísimo para la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) y una forma silenciosa de reparación. En cada tumba que abre con respeto, en cada cuerpo que trata con dignidad, en cada palabra que dice con cuidado, María Virginia recuerda que incluso en la muerte hay derechos y que acompañar también es una manera de amar.
Desde el enfoque de derechos humanos, la labor de tanatología no es menor ni auxiliar: es fundamental. El derecho a la verdad, a la búsqueda y a la dignidad humana no terminan con la muerte. Esta por el contrario los activa con más fuerza ante los interrogantes sin respuestas de las familias que no saben qué pasó, dónde están sus seres queridos o bajo qué circunstancias murieron. En esos casos, el trabajo se convierte en un eslabón del proceso humanitario de la Unidad de Búsqueda.
El arte de tejer florece como memoria, sustento y serenidad
Cuando el último rayo del sol se aleja del cementerio de San Juan del Cesar y el silencio vuelve a ocupar los senderos entre lápidas, María Virginia regresa a su casa, un lugar amplio donde la vida le ofrece respirar otro aire. Allí la espera otro mundo: el del arte, los hilos, los colores y las manos que crean. Sus días siguen una secuencia casi milimétrica. Se levanta temprano para atender a su madre, acompañar a su hija adolescente y cumplir con su trabajo como tanatóloga en el cementerio. Pero también les roba minutos a las horas para mantener viva esa «otra pasión» que aprendió sin manuales, viendo a su madre y a su abuela, cuando ella apenas era una niña.

En su hogar la creatividad circula como el aire que irrumpe por las ventanas y atraviesa los patios. Las jardineras que ella misma diseñó se combinan con carretes de hilos de colores que descansan sobre una pequeña mesa. Allí, entre conversaciones familiares y la calma de la tarde, comienza a entrelazar hilos. Cada mochila, vestido, manta o accesorio, nace de ese gesto repetido y paciente. El momento se antoja casi subliminal. El ejercicio suave de las agujas acompaña el movimiento de sus manos, mientras la luz de la luna irrumpe entre las hojas del frondoso almendro que creció silvestremente en su patio, para posar sobre los tejidos iluminarlos y resaltar las texturas. Tejer, para María Virginia, es una forma de narrar la vida sin palabras.
Las puntadas de la aguja en el hilo van cruzadas con muchas motivaciones. La memoria de las mujeres que le enseñaron el oficio, la sonrisa de su hija cuando ve terminada una nueva creación y la satisfacción que le produce transformar el hilo en algo bello. Tejer también es una forma de sostener el hogar del cual ostenta las figuras materna y paterna. Pero, sobre todo, es un espacio de paz: una terapia silenciosa que equilibra el peso emocional de su trabajo cotidiano con la muerte.
Quizá por eso, entre su familia, el cementerio y sus tejidos, María Virginia ha encontrado una manera singular de habitar el mundo sin prisa. En un lugar, se regocija de la vida; en otro, acompaña despedidas; pero también tiene otro lugar para crea algo que permanece. Sus manos conocen tanto la ternura de las criaturas al nacer, como la tierra que guarda memorias y los hilos que construyen futuro. Y en ese equilibrio, casi invisible para muchos, se revela el valor profundo de su trabajo: recordarnos que incluso en medio del dolor, el ser humano siempre encuentra formas de cuidar y de crear.