A propósito del Día Internacional de la Mujer, que se conmemora cada 8 de marzo, contamos la historia de mujeres, entre investigadoras, científicas y buscadoras, que recorrieron las montañas de Chaparral, en el sur del Tolima, para encontrar a otras mujeres desaparecidas por el conflicto armado.
Por: José Darío Puentes Ramos
Editor web de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD)
Karen Prada miró las montañas por la ventana de un carro y los recuerdos de su niñez se le vinieron a la mente. Se acordó de cuando salía de la casa familiar e iba a pie hasta la escuela, por las carreteras destapadas del corregimiento de San José de las Hermosas, en el municipio de Chaparral, al sur del departamento del Tolima; cuando jugaba con sus vecinos y amigos de las fincas cercanas; cuando acompañaba a su padre y sus hermanos al trabajo de campo.
También, entre esos chispazos que le trae la memoria, evocó la violencia que vivió a corta edad a causa del conflicto armado, las tropas de hombres y mujeres de camuflado o con uniforme verde que bajaban y subían, armadas, por el cañón de las Hermosas, un ecosistema con una altura entre los 1.600 y los 4.500 metros sobre el nivel del mar; el fuego cruzado, los bombardeos, los disparos, el miedo.
Para la temporada en que Karen regresó a Chaparral, llovió todos los días sobre el pueblo. El día comenzaba con neblina y el cielo gris y a veces escampaba y salía brevemente el sol. Las carreteras permanecían con barro y en algunos tramos se presentaron derrumbes de tierra, árboles y piedras. Karen, de 19 años, se sentía ansiosa por el viaje que emprendió: arrancó desde Zipaquirá, un municipio del departamento de Cundinamarca donde trabaja, vive con su pareja y cría a su bebé. Desde allí tomó un bus que demoró 15 horas en llegar al área urbana de Chaparral. Luego abordó un carro rumbo a San José de las Hermosas, el destino de su travesía. Se sumaron siete horas más al recorrido.
Mientras el carro subía por las destapadas carreteras del cañón, Karen contó que iba a ver a su madre. No sabía mucho de ella y la escasa información que tenía se la entregó, a cuenta gotas, su familia. Desde pequeña indagó, esperando alguna respuesta a esa pregunta que se hizo por años: ¿dónde estaba su mamá?. «Le empecé a consultar a mi papá qué había sucedido, cuál era la realidad», comentó.

Horas antes del encuentro de Karen con su madre, de a poco la lluvia cesaba. El sol se posó sobre las montañas del cañón al mediodía, pero las nubes grises permanecieron colgadas en el cielo, como si estuviesen esperando el encuentro entre hija y madre para después sí dejar caer el agua. Justo a esa hora, ella llegó a San José de las Hermosas y se dirigió directamente al cementerio del corregimiento. Está cercado con unas rejas metálicas blancas. Bajó del carro, transitó por un caminito rústico y entró al camposanto. La tumba de Jehimy Roncancio, su mamá, está allí.
«Karen pidió que le diéramos un rato a solas antes de empezar la intervención para recuperar el cuerpo de su mamá», dijo una de las personas que la esperaban en el cementerio.
Con cuidado, Karen pasó entre las otras tumbas hasta llegar a la de Jehimy. Era la única que se encontraba bajo una tela verde atada a cuatro palos de madera que hacía de carpa. Desde lejos, los demás vieron que ella se agachó, vio lo que decía la lápida y se quedó unos minutos conversando. No se escuchó lo que hablaba, se oía el silbido del viento y la fuerte corriente del río Amoyá, que pasa por el corregimiento. Esa charla había quedado pendiente por el conflicto armado.
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La investigadora Claudia Beltrán esperó a que Karen terminara de conversar con la tumba de su madre para explicar la manera en que se intervendría el cementerio de San José de las Hermosas, con el objetivo de recuperar el cuerpo de Jehimy. Presentó al equipo forense e investigativo en el Tolima de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad que surgió del Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el Estado colombiano y las hoy extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Su misión es buscar a quienes desaparecieron en el marco del conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016, fecha en que comienza a materializarse lo pactado entre las dos partes.
El equipo de la UBPD lo integraban una antropóloga, una topógrafa, un criminalista y Claudia, quien es profesional en ciencias sociales de la Universidad del Tolima, especialista en derechos humanos y trabaja en la Unidad de Búsqueda desde mediados de 2020 como investigadora. Un grupo de trabajo donde predominan las mujeres. La intervención consistió en retirar la lápida y levantar la tumba donde estaba enterrada Jehimy, recuperar el cuerpo empleando técnicas de la antropología forense y la arqueología, recoger información del estado en que fue inhumado, retirarlo con cuidado del cementerio y entregarlo al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses para que realice el proceso de identificación —es decir, establecer genéticamente si se trata, en efecto, de la madre de Karen—.
Pero mucho antes de la intervención al camposanto, aclaró Claudia, se hizo una investigación detallada para ubicar el lugar donde fue inhumado el cuerpo de Jehimy. «Estamos en el tercer municipio del Tolima con más hechos de desaparición. Un lugar donde hubo un posicionamiento muy grande de grupos armados ilegales. Justamente personas que pertenecieron en algún momento a esas estructuras han contribuido con información». De acuerdo con el registro de la Unidad de Búsqueda, con corte a febrero de 2026, en el Tolima existen 2.880 personas dadas por desaparecidas en razón del conflicto armado. De ese número, 458 son mujeres. Detrás de Ibagué —la capital del departamento— y Planadas, Chaparral le siguen en número de casos: 182, de las cuales 33 son mujeres.
En el documento académico ‘Dinámicas de la violencia del conflicto armado en las Hermosas: Chaparral, Tolima (1986 – 2016)’, publicado en el 2020 por la Universidad del Tolima, se describe que en los poblados ubicados alrededor del cañón de las Hermosas —que también es parque nacional natural— los grupos armados ilegales establecieron una especie de gobernanza local, pues controlaban todas las actividades del territorio. En el medio se cometieron violaciones a los derechos humanos, como el reclutamiento forzado y las desapariciones de personas.

«Se trata de desapariciones que reflejan lo vivido aquí en los años noventa y los 2000. La intensidad más alta se registró en los 2000», recalcó Claudia. Precisamente el caso de Jehimy transcurrió en el 2006, cuando fue reclutada por un grupo armado ilegal.
Karen era apenas una niña cuando ocurrieron los hechos. Algunas veces, Jehimy logró verla, tenerla en sus brazos, abrazarla. «Son pocos los recuerdos que tengo. Mi papá me llevó a visitarla cuando yo tenía como cinco años. Con la familia de ella también me comunicaba de vez en cuando. Con mi abuela, con mi tía. Y ya», contó Karen sobre la memoria que tiene de su mamá.
— ¿Y recuerdas cómo era físicamente?
— «Pues la verdad, lo único así que recuerdo fue que al momento de llegar y verla, ella lloraba al mirarme. También que era robusta y morena. Pero no tengo los recuerdos así muy claros».
Karen y su familia perdieron finalmente todo contacto con Jehimy en 2011. Ese año, según la investigación de la Unidad de Búsqueda, ella murió en medio de las hostilidades propias del conflicto armado. Su cuerpo fue inicialmente enterrado en un punto de San José de las Hermosas y unos meses después lo inhumaron en el cementerio del corregimiento. Dar con esa información, dijo Claudia, se trató de un largo proceso con los firmantes del Acuerdo de Paz y con la comunidad que presenció los hechos.
«Tenemos el apoyo invaluable de la Corporación Humanitaria Reencuentros, que ha sido un aliado estratégico para trabajar en esta zona del Tolima. Es muy importante decir que sin la comunidad esto no sería posible. Es una investigación viva, entendiendo el impacto que, hasta hoy, dejó el conflicto armado», resaltó Claudia cuando habló sobre cómo se hizo la indagación previa a la recuperación del cuerpo de Jehimy.

«El trabajo con la Corporación ha sido articulado», agregó la investigadora. «Y ha derivado en recorridos que nos permiten no solo conocer los lugares, sino también apostar por tener la posible identidad de esa persona que se encuentra dispuesta en el lugar».
Luego de la firma del Acuerdo de Paz de 2016, un grupo de firmantes creó la Corporación Humanitaria Reencuentros, con el fin de apoyar la búsqueda de aquellas personas desaparecidas en medio del conflicto armado. En el sur del Tolima, mujeres y hombre que pertenecieron participaron en la guerra hoy documentan información de comunidades que vivieron los años más violentos y de antiguos excombatientes, levantan cartografías con ubicaciones donde posiblemente existan cuerpos enterrados y recorren esos lugares con otras organizaciones o entidades, como la UBPD, para intervenirlos con técnicas forenses y así recuperarlos.
De esa manera se llegó a casos como el de Jehimy Roncancio y de otras personas reportadas como desaparecidas en San José de las Hermosas. Reencuentros hizo una cartografía de la desaparición en el corregimiento, con ayuda de la comunidad y organizaciones civiles. Con esa información, se cruzaron datos y el resultado permitió dar con la mamá de Karen: reclutada por un grupo armado ilegal en 2006, muerta en medio de hostilidades en 2011 e inhumada en el cementerio del corregimiento. Además, esta investigación permitió diferentes visitas en 2023 y 2024 al camposanto y establecer contacto con su hija.
— Karen, ¿cómo te enteraste del proceso de búsqueda de tu mamá?
— «(Funcionarios de la UBPD) Llegaron un día al negocio donde trabajo. Lo primero que hicieron fue presentarse, explicar cómo iba a ser el proceso. Me dijeron que mi mamá me empezó a buscar antes de que yo la estuviera buscando. O sea, que ellos ya tenían un cuerpo, pero necesitaban saber quién la estaba buscando».

Ya no solo era una hija buscando a su mamá. Era una joven madre buscando otra joven madre. Y un equipo forense e investigativo, encabezado por mujeres, aportando a la búsqueda humanitaria y extrajudicial.
«Aquí, en San José de las Hermosas, buscamos a mujeres y para nosotras era muy importante mostrar cómo la investigación podía posicionar las lógicas de la desaparición en la mujer. El enfoque de género hace parte de toda la búsqueda: atraviesa a quienes buscan —en este caso, una hija que busca a su madre y una madre que busca a su hija— y al equipo forense y de investigación —que, a excepción del criminalista, está compuesto y liderado por mujeres—», explicó Claudia.
Según el registro de la Unidad de Búsqueda, en Colombia existen 30.367 mujeres buscadoras de un total de 50.351 personas que esperan encontrar a ese ser querido desaparecido por el conflicto armado. Por otro lado, existen 18.824 desaparecidas, de las cuales 3.995 son adultas entre los 29 y 59 años y 3.725 tienen de 18 a 28 años.
Son hijas y hermanas como Karen, son mamás como Jehimy. De hecho, 4.568 mujeres están buscando un hermano y 3.562 a sus madres. Pero también son indígenas (703 casos), niñas y adolescentes (4.229 casos, entre los 0 a 17 años) y mujeres mayores de 60 años (993 casos) que siguen desaparecidas para sus familias.
A la par, la UBPD cuenta con un equipo de 1.039 profesionales de distintas disciplinas que aportan al proceso de búsqueda. De esa cifra, 618 son mujeres que cumplen diferentes roles como investigadoras, antropólogas, criminalistas, topógrafas, médicas forenses, asistentes forenses, pedagogas, comunicadoras, administrativas, entre otros.
«Eso sí: yo insistía e insistía e insistía al equipo de la Unidad de Búsqueda», agregó Karen, «para que las cosas —la recuperación del cuerpo— se dieran rápido».
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Karen se alejó a una corta distancia de la tumba de su madre y de inmediato comenzó el trabajo forense de recuperación del cuerpo. Angie Katherine Sánchez empezó a alistarse: sacó de una canasta trajes antifluidos blancos, guantes, tapabocas, brochas de cerda de diferentes tamaños, palustres, baldes y tamices de metal. Se agarró el cabello con una moña y se puso una bandana rosa alrededor de la cabeza. Mientras tanto, miembros de Reencuentros, trabajadores de la zona y el criminalista de la UBPD retiraron la lápida y una pesada placa de concreto, cubierta con baldosas blancas, que tapaba la sepultura.
Angie, el criminalista del equipo y los trabajadores tomaron palas y comenzaron a sacar tierra negra. «¡Zas!, ¡clonk!, ¡zas!, ¡clonk!, ¡zas!, ¡clonk!», se escuchó en el cementerio. Karen, por su parte, observó atenta el inicio de la recuperación del cuerpo de Jehimy. El tiempo se le hacía lento, quería ver pronto a su madre.

«Lo primero que hicimos fue una instalación de lo logístico. Es decir, el sitio de interés forense es acordonado. Posterior, hacemos un registro fotográfico inicial de cómo se encuentra el sitio, cuáles son las condiciones en las que lo recibimos y después empezamos un despeje o descapote. Quitamos la capa vegetal y luego empezamos a bajar y excavar», aclaró Angie Katherine, antropóloga de formación con más de 13 años de experiencia. “Ella —la antropología— me eligió”. Contó que sus énfasis son la antropología biológica y la forense.
El equipo que intervino la tumba de Jehimy excavó hasta llegar a una profundidad de un poco más de metro y medio. Angie Katherine dio las indicaciones. Se formó un rectángulo de casi dos metros de largo por uno de ancho. La fosa tapaba a la antropóloga hasta las costillas. Se tuvo en cuenta la ubicación de las tumbas vecinas para que la zanja no cruzara sus límites. El clima de la tarde era fresco, el viento corría y la amenaza de lluvia se alejó. Sin embargo, en las cimas de las montañas que rodean el cementerio había neblina.
La antropóloga y el criminalista se colocaron los trajes antifluidos, guantes y tapabocas. Les cubría todo el cuerpo. Tomaron los baldes, los palustres y las brochas e ingresaron a la excavación. Con delicadeza, limpiaron el área en busca de un hallazgo: un hueso, un pedazo de tela, trozo de madera de ataúd, algo que les indicara que allí se encontraba un cuerpo, una persona. Afuera, Karen miraba con atención cada movimiento. Movía involuntariamente las piernas, producto de la ansiedad y la impaciencia.
A la par, Claudia escribía rápidamente en una agenda todo lo que ocurría; y Camila Andrea Luna, la topógrafa, tomaba coordenadas y mediciones del lugar de excavación y las comparaba con la información de las visitas previas al camposanto. «Cabe resaltar que desde el inicio —cuando se plantea una intervención— hacemos unos planos. Contamos con un sistema de ubicación satelital, escáneres, GPS y drones. Hay varias herramientas para que estos productos sean lo más precisos posibles. Es muy importante tener los planos sobre cómo se encontraba el sitio y también del movimiento que genera la intervención«, señaló Camila, graduada en ingeniería topográfica y geomática.
Angie Katherine y el criminalista escudriñaron por un buen rato en la tumba hasta que encontraron algo: un vidrio, un pedazo de tela, plástico y madera de ataúd. Jehimy ya estaba cerca de aparecer. Casi década y media enterrada en las montañas de Chaparral. Casi 15 años de respuestas bajo tierra que Karen iba a empezar a develar. Empezaron a excavar por los lados del hallazgo, procurando no dañarlo. Entre cada remoción de tierra con el palustre, se ampliaba más. De a poco, se dibujó el cajón completo en el suelo. Adentro se encontraba el cuerpo.
Camila ingresó a la excavación con un flexómetro para anotar las medidas de la fosa y acomodó unos jalones topográficos que le ayudaron a registrar el largo y el ancho de la zanja en la tierra. Tomó nota y el criminalista aprovechó para registrar el hallazgo en su cámara. Karen seguía atenta al trabajo del equipo forense. Se agachaba en el borde de la tumba a ver si podía observar el cuerpo de su madre. Ver cómo la enterraron, la ropa que le colocaron, los accesorios que le dejaron. Ampliar los pocos recuerdos que tiene de ella.
La tarde empezó a caer. El verde de las montañas se tornó azul por la caída de la luz. Era momento de sacar a Jehimy de la tumba. El estado de conservación del cuerpo, el cual no estaba del todo esqueletizado, dificultó su manipulación. Así que el equipo forense y de investigación de la UBPD, ya exhausto por la jornada de trabajo, decidió no excavar más, dejar el ataúd en la tierra y sacar a Jehimy. Con ayuda de los trabajadores, la antropóloga y el criminalista embalaron el hallazgo con un plástico blanco, lo ataron a unos palos de madera y lo retiraron de la tumba.

Desde que inició labores, en 2018, hasta la fecha de la publicación de esta historia, la Unidad de Búsqueda ha recuperado 4.333 cuerpos de personas reportadas como desaparecidas en el marco del conflicto armado. A su vez, se han realizado 646 entregas dignas, ese momento en que la familia recibe el cuerpo de su ser querido.
Tras la intervención, el cuerpo de Jehimy será llevado al Instituto de Medicina Legal. Karen deberá esperar hasta que el cotejo genético entre el hallazgo y la muestra de sangre que entregó para la investigación dé positivo. Que se certifique que en San José de las Hermosas sí se encontró a su madre. Aún aguarda por el resultado.
— ¿Cómo te sentiste con el resultado de la recuperación del cuerpo de Jehimy?
— «Yo venía pensando diferente, pensando que iba a mirar a mi mamá como tal. Pero pues uno debe entender las condiciones en que se encontró».
— ¿Y se puede saber qué le dijiste a tu mamá antes de empezar la intervención?
— «Le dije que cómo me hubiera gustado que ella estuviera aquí conmigo, hubiera distinguido a la nieta. Me puse nostálgica. También le dije que no iba a llorar porque la íbamos a sacar de ahí, la íbamos a llevar a un mejor lugar, donde ella verdaderamente merece estar«.
C R É D I T O S
Reportería, texto y fotos/video: José Darío Puentes Ramos | Apoyo en video: Gabriel Muelle | Ilustración: Camilo Ruiz Páez
Oficina Asesora de Comunicaciones y Pedagogía – UBPD
– 07 de marzo de 2026 –